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Éxodo en Ucrania (I)

Los que huyen de Ucrania y los que entran a defenderla: las dos caras de la guerra se cruzan en la frontera polaca

  • "No tenemos miedo, resistiremos y ganaremos a ese nuevo Hitler que es Putin", dice Oli, de solo 22 años, que viaja al frente

  • RTVE.es se desplaza hasta la frontera entre Polonia y Ucrania, por donde miles de personas escapan del horror de la guerra

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ÁLVARO CABALLERO (Enviado especial a la frontera polaca)
7 min.

Medyka, la parte polaca de la frontera con Ucrania, es un hervidero de gente en las dos direcciones. Por un lado, llegan cientos de mujeres y niños, cargados con bolsas y maletas a reventar, en las que han metido como han podido toda una vida. Lera partió "en cuanto empezaron a caer las bombas", cuenta a RTVE.es esta veinteañera, destrozada después recorrer a pie los últimos 30 kilómetros que separan Kiev del límite con Polonia, precisamente el día de su cumpleaños. "Qué mejor manera de celebrarlo que andando siete horas a pie", dice, sacando fuerzas para soltar una carcajada.

Sin embargo, son también muchos los que salen hacia Ucrania. Casi todos hombres. En vez de maletas, llevan mochilas militares. Son ucranianos procedentes de otros países que parten a la guerra tras la movilización obligatoria decretada por su Gobierno para todos los varones de entre 18 y 60 años. "Lucharemos por nuestro hogar. No tenemos miedo, resistiremos y ganaremos a ese nuevo Hitler que es Putin. Estamos preparados para todo", dice Oli, que ha venido desde República Checa ataviado con chaleco antibalas. Tiene solo 22 años.

Lera y Oli son las dos caras de una guerra que ha roto un país que hasta el pasado miércoles vivía con normalidad, a pesar de la perenne amenaza de un ataque ruso. "Yo hace una semana y media estaba en Ucrania haciendo una vida completamente normal con mi mujer", dice Diego, un español que ha venido a buscar a su mujer, quien espera a cruzar desde hace un día en el colapsado paso fronterizo. Él vivía desde hace seis años con ella en la capital ucraniana. La guerra les sorprendió cuando se separaron durante unos días: "Me llamó el primer día de invasión llorando, diciéndome que escuchaba sirenas y balas".

Varios refugiados ucranianos llegan a la frontera de Medyka, en Polonia ÁLVARO CABALLERO

Los que llegan: hogueras, comida caliente y juguetes tras días de caminata

Cruzan la frontera familias enteras, abuelas, madres, niños de todas las edades, mujeres con muletas o en silla de ruedas. Algunos llevan sus sus animales, a las que dan de comer y beber una organización animalista polaca. El país se ha desplegado para acoger a los refugiados, y hay decenas de voluntarios repartiendo comida caliente, agua, y dando información a quienes llegan tras días de viaje.

Muchos de los refugiados llegan con sus animales a la frontera con Polonia ÁLVARO CABALLERO

Hay una montaña gigante de ropa donada, en la que muchas madres buscan peluches y juguetes para sus hijos. Los más pequeños ríen y juegan entre ellos con lo que acaban de encontrar. Tienen más energía que sus madres, agotadas tras cargarlos a hombros durante horas, pero también aliviadas tras conseguir llegar a un lugar en el que no se escuchan las sirenas antiaéreas. "Ahora estoy bien, estoy a salvo. Tardamos un día en llegar desde Kiev, ha sido terrible", asegura Marussa, que camina acompañada de dos hijas adolescentes.

"Básicamente queremos quitarles algo de peso de los hombros", explica Maciej, un joven polaco que acaba de empezar como voluntario. "Venimos de Polonia, Ucrania, Bielorrusia, de todas partes. Aquí les damos información, tarjetas SIM, comida, bebida...", cuenta. A pesar de su fuerte voluntad, no dan abasto ante la cantidad de gente que llega a cada hora. En los puestos de reparto hay carteles en los que se lee "Necesitamos comida" o "Necesitamos agua". Más de 156.000 personas han escapado a Polonia y más de 360.000 han huido del país.

Muchos de los que acaban de llegar se arremolinan en torno a unahoguera improvisada que han encendido varios refugiados con la ayuda de algunos de los muchos periodistas desplegados en la frontera. Se protegen del frío atroz –el termómetro apenas supera los 0 grados- y de la nieve, que cae a ráfagas. Los niños corretean también alrededor de un gran caldero que prepara a la leña una asociación polaca.

Una mujer recoge ropa y juguetes para sus hijos ÁLVARO CABALLERO

Los que se van: "No quiero ir, pero es mi deber",

Aquellos que entran se cruzan con los hombres que salen. La mayoría van en grupos: han venido juntos desde Alemania o desde otras ciudades polacas. No todos tienen el mismo ímpetu que Oli. Andriy, de una edad parecida, camina cabizbajo hacia el control fronterizo. Al ser preguntado sobre su motivo para ir en dirección contraria a la mayoría de la gente, responde parco: "Por Ucrania". "No quiero ir, pero es mi deber", cuenta. Está preocupado por sus padres, que siguen en Kiev, y a la vez por su novia, a la que deja en Varsovia.

Soldados ucranianos en el paso fronterizo de Medyka REUTERS/Bryan Woolston

Los hombres en edad de servir en el Ejército tienen prohibido abandonar Ucrania. El país está completamente movilizado para intentar resistir a las tropas rusas, que este domingo han entrado en Járkov, la segunda ciudad más grande del país. Sin embargo, se han encontrado con una fuerte resistencia del Ejército y los milicianos, , y su avance se ha visto ralentizado después del impulso inicial de los primeros momentos de la invasión.

Precisamente esa enconada resistencia, calle a calle, es la que motiva a muchos de los que se dirigen al frente. Un grupo de jóvenes va incluso riendo y bromeando mientras se acerca al control de aduanas.

Los que esperan: "Mi mujer está solo a 500 metros"

Hay un tercer grupo más allá de quienes salen y quienes entran. Son quienes esperan. Los metros posteriores a la valla fronteriza están repletos de gente ansiosa, pegada a sus móviles para recibir información de sus parejas, familiares y amigos que siguen en la parte ucraniana. "Para recorrer unos 50 metros, estuvieron tres horas", cuenta David mientras enseña los vídeos que le ha enviado su mujer a apenas medio kilómetro de él. Lleva esperándola a ella y a sus hijos desde anoche y la cola es "horriblemente lenta".

Además, desde que está en la parte polaca, ya no puede usar su SIM ucraniana, por lo que desde hace unas horas ha perdido toda comunicación con ella. Diego ha probado incluso a entrar dentro del control de aduanas para al menos poder esperar junto a su mujer. Cuenta que fue en coche desde Kiev hasta poco después Leópolis, y desde allí tuvo que dejarlo para recorrer ese tramo a pie. "Está agotada, no puede más, y no puedo estar con ella", se queja.

Sebastian ha conducido seguidas 13 horas desde Stuttgart, en Alemania, para recibir a un grupo de amigos -con nacionalidad alemana- que siguen a la espera de que se les sellen sus documentos y poder entrar. Las autoridades polacas no piden ya ningún certificado de vacunación y han anunciado que incluso permitirán entrar a quienes no lleven documentación, pero aún así el trámite es exasperante para quienes están a ambos lados del control.

"Es terrible. Después de horas esperando en los atascos para salir de Kiev, y de caminar decenas de kilómetros, terminamos haciendo otra cola para cruzar la frontera", dice Daniel, uno de los pocos hombres que cruzan desde Ucrania, ya que es ciudadano bielorruso y se ha librado de la leva general. A él no le espera nadie a este lado, y tampoco tiene ningún plan para los próximos días o meses. "No sé qué haré, pero tampoco tenía otra opción que huir. Allí no me podía quedar", asegura, y añade con melancolía: "Espero volver. Ahora no, igual en meses o años. Cuando termine esta pesadilla".

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