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Sacar vacunas a todo trapo: ¿cómo se acelera tanto un proceso que dura décadas?

Análisis   El Método  
  • La COVID-19 está acelerando el proceso de desarrollo de la vacuna a una velocidad jamás vista

  • ¿Qué implicaciones puede tener este frenesí por obtener una vacuna? ¿Estamos preparados para hacerlo?

  • Descifrar el genoma del SARS-CoV-2 ha permitido comenzar pronto con las pruebas clínicas de la vacuna

  • Actualmente, 11 están en su fase final de aprobación, y hay casi 50 en desarrollo clínico avanzado

  • Mapa de los brotes en España | Mapa de la nueva normalidad | Qué se sabe de la vacuna

Santiago Campillo Brocal
7 min.
  • Santigo Campillo Brocal es biólogo molecular y divulgador científico
  • El Método es un programa de divulgación científica en torno al coronavirus.
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Las vacunas estimulan a nuestro sistema inmunitario para que esté preparado y pueda combatir más rápidamente una amenaza (como un virus) y anularla antes de que cause problemas graves.

Para ello, las vacunas modernas usan solo una molécula (o un pequeño conjunto de ellas) procedente del patógeno, la cual se coge y se utiliza como "diana" de entrenamiento para nuestras defensas. Estos productos son complicados y necesitan de mucho tiempo y recursos para que lleguen al público. Sin embargo, la COVID-19 está acelerando el proceso de desarrollo a una velocidad jamás vista. ¿Qué implicaciones puede tener este frenesí por obtener una vacuna lo antes posible? ¿Estamos preparados para hacerlo?

Fases y décadas: ¿cuánto tarda en hacerse una vacuna?

El desarrollo clásico de una vacuna pasaba por utilizar un microbio "inactivado", es decir, muerto o inutilizado, con unas sustancias llamadas coadyuvantes. Estas son sustancias que ayudan al sistema inmunitario a responder mejor a la vacuna, lo que aumenta su capacidad de reacción contra la enfermedad.

Descifrar el genoma del SARS-CoV-2 ha permitido comenzar pronto con las pruebas clínicas de la vacuna.

Actualmente, el proceso es más sofisticado y se suelen desarrollar lo que se conocen como vacunas "de subunidad". En ellas, se elige solo una característica del patógeno (un antígeno) para dirigir la respuesta inmunitaria. Este antígeno suele ser solo una molécula, o un pequeño conjunto de ellas, en vez de todo el microorganismo o el virus inactivado.

A pesar de que suena sencillo, es un procedimiento terriblemente complicado. Por ello, una vez identificado el patógeno y su antígeno, se debe probar que funciona como vacuna. Primero se hacen una serie de ensayos en laboratorio, seguidos de pruebas con animales, lo que puede llevar varios años. A estos procedimientos se les llama ensayos preclínicos.

A partir de aquí comienzan lo que se conocen como ensayos o fases clínicas, que son cuatro:

La fase I consiste en emplear un grupo reducido de voluntarios para determinar si la vacuna es segura. Es una de las fases más delicadas.

En la fase II aumenta el número de voluntarios y se centra en conocer la dosis eficaz del tratamiento, además de anotar las contraindicaciones.

En la fase III se comprueba si la vacuna funciona, para lo que se compara con otras para los que ya existe un estándar de tratamiento, empleando un número bastante grande de personas, normalmente miles. Esta es la segunda etapa más delicada.

Una vez que se supera la fase III, un medicamento o vacuna es aprobado para salir al mercado, pero ahí no termina el periplo.

A partir de este momento, el tratamiento entra en fase IV, y se mantienen en observación largo tiempo para determinar efectos no conocidos o resolver algunas cuestiones relacionadas con el tratamiento. En estos estudios pueden implicarse hasta millones de personas y amplían muchísimo el espectro que se conoce sobre el tratamiento.

En general, solo para llegar a fase III hace falta al menos una década de desarrollo, puede que más. Normalmente, superar la fase III puede conllevar otra década por sí misma. Sin embargo, esto no es una regla y depende mucho del tratamiento, de los productos usados, de los recursos invertidos y del esfuerzo puesto. Por ejemplo, la vacuna de la polio tardó más de dos décadas en poder llegar a humanos y otras tres más hasta que se volvió segura. Las vacunas de la gripe, por poner otro ejemplo, cambian cada año para poder adaptarse a un virus que muta rápidamente.

A pasos de gigante

Con la vacuna de la COVID-19 estamos viendo un desarrollo inusualmente rápido. Así, la vacuna de Moderna, en colaboración con el Instituto Nacional de Salud de EEUU (el NIH), pasó de la fase preclínica a clínica en solo dos meses, y en apenas otros ocho se encuentra ya en la recta final, en fase III. Otro ejemplo impresionante lo vemos en la vacuna de Adenovirus 26, en desarrollo por Johnson & Johnson. Esta recibió un importante impulso de 456 millones de dólares en marzo. En julio ya estaba en fase combinada I y II, y en septiembre entró en fase clínica III. Sin embargo, actualmente está pausada para revisar una contraindicación observada en un paciente voluntario.

Como vemos, el proceso ya no necesita de décadas, sino de meses, para obtener una vacuna segura. ¿Cómo es esto posible?

¿Cómo se ha acelerado tanto el proceso de la vacuna de la COVID-19?

En enero comenzaron los trabajos para descifrar el genoma del SARS-CoV-2, y ya, en marzo, comenzaron las primeras pruebas clínicas de la vacuna en humanos. Actualmente, 11 están en su fase final de aprobación, y hay casi 50 en desarrollo clínico avanzado. Jamás la carrera por una vacuna había sido tan rápida. “Para cualquier fármaco la calidad y la seguridad son importantísimos”, explica en el programa El Método, Maria del Rosario Cambronero, Medical Affairs Lead Core Vaccines & Above Brand de GSK. “Para una vacuna es primordial y hay que ser muy rigurosos en todos los controles de calidad y seguridad que se realizan”.

Solo para llegar a fase III hace falta al menos una década de desarrollo

Probablemente el mayor aliado en este avance sea la secuenciación del material genético del virus. Sabiendo cómo "está hecho" el virus, es mucho más fácil conocer sus diferencias con otros coronavirus y sus puntos débiles. Gracias a esto, y al conocimiento que ya se tenía sobre otros coronavirus, como el SARS-CoV o el MERS-CoV, se ha podido avanzar rapidísimamente. Otra opción para que el proceso sea más rápido es combinar fases, obteniendo información de manera paralela, lo que puede ahorrar mucho tiempo, pero solo se puede hacer cuando se tiene mucho conocimiento sobre un medicamento. “En una situación de pandemia se ha de reducir al máximo el tiempo de desarrollo”, confirma Cambronero, “pero siempre hay ciertas fases que no nos podemos saltar y que son imprescindibles para que los productos puedan salir al mercado”.

En general, solo para llegar a fase III hace falta al menos una década de desarrollo.

Todas las vacunas (casi todas, al menos) han tenido que pasar por el proceso clínico correspondiente, con todas sus fases, y ninguna ha llegado a superar todavía la fase III. ¿Cuánto tiempo tardarán en hacerlo? Expertos como el Dr. Adolfo García-Sastre, microbiólogo del Hospital Monte Sinaí en Nueva York, creen que para mediados del año que viene comenzarán las campañas de vacunación. Los más conservadores, como Mariano Esteban, investigador del Centro Nacional de Biotecnología del CSIC, cuyo equipo está desarrollando una de las vacunas españolas más prometedoras, apuntan que todavía falta, al menos, un año, si no más, para ver una vacuna distribuida entre la población.

El conocimiento que ya se tenía sobre otros coronavirus, como el SARS-CoV o el MERS-CoV, ha permitido avanzar rapidísimamente en el desarrollo de la vacuna.

Muchas vacunas fallarán en el intento. Otras no cumplirán las expectativas. Unas pocas alcanzarán su cometido de manera segura y rápida, pero esto no será cuestión de suerte. Incluso con el frenesí que estamos viviendo, los investigadores e investigadoras trabajan arduamente para asegurarse de que todas las vacunas que llegan al mercado son seguras. Al menos todas aquellas que pasan las fases clínicas, un proceso que, si bien está siendo rápido, no está siendo menos exhaustivo que con otras.

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