Kathleen Belew es historiadora, profesora de la Universidad Northwestern en Chicago y autora de Traed la guerra a casa (Capitán Swing, 2026), un ensayo que explora el origen y evolución de supremacistas, racistas y paramilitares de ultraderecha de Estados Unidos agrupados en lo que la investigadora llama Poder Blanco. Hablamos con ella sobre la base de este movimiento y su vigor actual en tiempos de Donald Trump.
PREGUNTA: ¿Qué es exactamente el Poder Blanco y en qué se diferencia de los supremacistas blancos tradicionales?
RESPUESTA: El supremacismo blanco describe un amplio espectro de cuestiones estructurales y orientadas a las creencias. Incluye el racismo individual, los prejuicios institucionales y todos aquellos sistemas e historias que siguen produciendo desigualdad independientemente de las intenciones de las personas. En Estados Unidos, por ejemplo, podemos pensar en un entorno hospitalario donde una persona blanca y una persona negra obtienen resultados de salud muy diferentes, al margen del racismo individual de los profesionales involucrados.
El Poder Blanco, en cambio, es un subconjunto mucho más reducido. No nos referimos solo a personas que son racistas a título individual o que creen que los blancos son superiores, sino a individuos dispuestos a emprender acciones violentas para defender a la raza blanca, entendiendo la raza como su propia nación. Por tanto, el Poder Blanco es un concepto muy acotado, pero representa la encarnación bien armada, organizada y violenta del racismo.
P: ¿Sigue existiendo este movimiento en la actualidad?
R: Por supuesto. Lo que ha ocurrido en el pasado reciente es que el movimiento del Poder Blanco ha salido de la clandestinidad y, en gran medida, opera a plena vista. Vemos el surgimiento de partidos autoritarios en muchos países influenciados por este activismo. Hemos sido testigos de una serie de matanzas masivas perpetradas por sus miembros y, al mismo tiempo, observamos cómo se están incorporando a la corriente política dominante. Esto va desde influir en las políticas públicas y la gobernanza hasta postularse y salir elegidos para cargos políticos. El secreto ya no es necesario porque el propio Estado ha abierto la puerta a esta política.
P:¿Cuántas personas forman parte de este movimiento hoy en día en Estados Unidos?
R: En la década de 1980, que es la última época de la que tenemos cifras fiables, hablábamos de un núcleo muy dedicado de entre 10.000 y 25.000 activistas, con un círculo exterior de unos 450.000 simpatizantes. Sin duda, hoy en día el movimiento es mucho más grande, aunque es difícil precisar cuántos hay en cada nivel de actividad.
Protesta contra el supremacismo blanco en Estados Unidos Getty
Lo que resulta alarmante es que nadie sabe exactamente cómo de grande es porque nadie lo está monitorizando adecuadamente. Bajo la administración Trump, el FBI decidió no investigar de forma sistemática la actividad del Poder Blanco, por lo que no existen cifras oficiales. Además, la propia administración emprendió acciones contra grupos de vigilancia independientes que históricamente cubrían ese vacío, como el Southern Poverty Law Center. Tardaremos décadas en disponer de datos numéricos precisos sobre el alcance real de lo que estamos viendo hoy.
P: ¿Cómo se financia una estructura de este tipo?
R: Utilizan fuentes muy diversas. Por un lado, financiación legítima, como donaciones y aportaciones del sueldo de los propios militantes. Por otro, financiación ilegítima procedente de actividades delictivas. En la época que analiza mi libro, esto incluía atracos planificados y reparto de fondos robados, así como el control de redes criminales a través de bandas carcelarias que enviaban contribuciones a las organizaciones principales, casi como un diezmo religioso. Hoy en día, a esto se suma la recaudación de fondos en línea.
De todos modos, no es un movimiento que requiera enormes sumas de dinero. Tienen muy pocos gastos generales y los recursos más caros, como el armamento, a menudo los obtienen mediante robos. Es un movimiento social de base que funciona organizándose de persona a persona.
P: Volviendo a la década de 1980, durante la presidencia de Ronald Reagan el movimiento llamó a la revolución y declaró la guerra al Gobierno. ¿Se trataba de un grupo de ultraderecha convencional o de algo distinto?
R: En la década de 1980 el movimiento sufrió una profunda crisis de fe en las instituciones. Creyeron que el Gobierno no les iba a dar lo que querían, ni siquiera con Ronald Reagan, que era un héroe para el conservadurismo estadounidense. Buscaban cambios sociales tan radicales que concluyeron que la vía política ordinaria no funcionaría. Fue entonces cuando decidieron pasar a la clandestinidad y declarar que "había pasado la hora de votar y llegado la hora de la bala", iniciando una guerra para derrocar la democracia.
Hoy la situación es distinta porque la política institucional no les ha cerrado la puerta. De hecho, la administración Trump ha adoptado propuestas planteadas por el movimiento en los años 80, como las deportaciones masivas. Cuando la política dominante acoge esas ideas, no hay tanta necesidad de recurrir a la guerra de guerrillas clandestina.
Aun así, coexisten diferentes facciones. Sigue habiendo grupos clandestinos como Atomwaffen o The Base, promotores del aceleracionismo —que busca provocar el colapso del sistema mediante ataques— y perpetradores de matanzas masivas. Pero, en su conjunto, el movimiento se ha desplazado hacia la política institucional. Si un activista desea ejercer la violencia o el acoso contra inmigrantes indocumentados, resulta más eficaz e impune hacerlo integrándose en agencias estatales como el ICE, donde cuenta con sueldo, legalidad y el respaldo del Estado.
P: ¿Buscan influir o infiltrarse en el Estado?
R: Más que una infiltración secreta, lo veo directamente como un intento de apoderarse del Estado. Muchos de estos activistas se han reunido con el presidente, han participado en marchas a cara descubierta y se han presentado a elecciones con sus ideas totalmente al descubierto. Buscan el poder dominante y la administración Trump ha dado la bienvenida a esta actividad de múltiples maneras.
P: Un hito central en su libro es el atentado de la ciudad de Oklahoma en 1995. ¿Qué significó ese ataque para el movimiento?
R: El atentado de Oklahoma City en 1995, donde el movimiento hizo detonar un camión bomba en un edificio federal acabando con la vida de 168 personas —entre ellas 19 niños—, es uno de los mayores ataques con víctimas masivas de la historia de EE.UU., comparable a Pearl Harbor o al 11-S.
Sin embargo, en su momento se presentó como la acción aislada de un lobo solitario o de un par de fanáticos. Al tratarlo como un hecho aislado, la sociedad no conectó el atentado con toda la red que lo hizo posible. Timothy McVeigh estaba profundamente vinculado al movimiento del Poder Blanco y a las milicias. De hecho, ese edificio era un objetivo del movimiento desde 1983. Presentarlo como un acto individual impidió comprender la dimensión real de la amenaza y permitió que el movimiento continuara y resurgiera años después.
P: ¿Por qué el gobierno de Bill Clinton y el FBI prefirieron enfocarlo como la acción de un lobo solitario?
R: Se debió a un cambio de estrategia en el seno del FBI más que a una directriz política directa de la Casa Blanca. En los años 80, el FBI sufrió varios fracasos judiciales muy sonados contra el Poder Blanco, seguidos de los trágicos enfrentamientos en Ruby Ridge y Waco, que supusieron un enorme desastre de relaciones públicas para el Gobierno.
Para evitar ser acusado de persecución política o desastres similares, el FBI modificó su protocolo: dejó de investigar a los grupos de Poder Blanco como un movimiento organizado y pasó a perseguir únicamente a actores individuales. Esto encajó perfectamente con la propia estrategia de "resistencia sin líderes" que el movimiento había diseñado para operar clandestinamente.
P: Tras el atentado de Oklahoma, el movimiento encuentra en las redes sociales e internet un nuevo refugio. ¿Siguen siendo clave hoy en día?
R: Totalmente. Este movimiento fue pionero en el uso de foros y redes de ordenadores ya en 1983 y 1984, antes del nacimiento de la Web comercial. Llevan décadas sentando las bases de cómo se organizan los movimientos en el entorno digital. Internet les sirvió para enmascarar su actividad y sobrevivir clandestinamente durante las épocas de mayor presión policial, permitiéndoles resurgir más tarde. Es lo que vimos en 2017 con la manifestación de Unite the Right en Charlottesville. A través de los memes y plataformas como 4chan y 8chan, han mantenido su capacidad de organización y reclutamiento.
P: En su libro, señala que el auge de estas facciones guarda una relación estrecha con el fin de los conflictos bélicos. ¿Ocurre lo mismo hoy?
R: Tras cada guerra en la historia de Estados Unidos se produce un aumento en la actividad del Poder Blanco. Cuando analizamos los picos de afiliación histórica del Ku Klux Klan, el factor determinante no es la inmigración, la pobreza o las leyes de derechos civiles: el indicador constante es el periodo posterior a una guerra. Ocurrió tras Vietnam y ha vuelto a ocurrir tras la guerra global contra el terrorismo en Afganistán o Irak. Estos grupos son expertos en instrumentalizar la frustración, el dolor y el desamparo de los veteranos de guerra para encauzar su radicalización política.
P: Afirma en su trabajo que "este problema proviene de un trabajo que no termina con el armisticio". ¿Es un coste inevitable para una potencia global o hay margen para solucionarlo?
R: Es posible imaginar un país que sea consciente del impacto social de la guerra, que dedique esfuerzos reales a la reintegración de los veteranos en la vida civil y que reconsidere detenidamente cuándo y cómo acudir al conflicto armado. Sin embargo, en el clima político actual esa capacidad de reparación está anulada. Las dinámicas de polarización extrema, división y violencia del discurso público no hacen sino profundizar y agravar los efectos destructivos del regreso del conflicto al propio territorio nacional.