A todos nos gusta una buena historia de venganza, y más cuando involucra a una familia. Y con esa epopeya trágica, la del hijo reivindicando el legado de su padre, es como Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente convicto Jair Bolsonaro, busca conquistar la presidencia de Brasil.
El conservador Flávio y el presidente izquierdista Lula da Silva vuelven a verse las caras este domingo en las elecciones más disputadas de la historia reciente del país. El primero busca devolver el bolsonarismo al poder y continuar el legado político de su padre; el segundo lucha por su cuarto mandato no consecutivo y mantenerse como el reducto progresista de una América Latina sumida en una oleada conservadora. Ya se enfrentaron el 4 de octubre en la primera vuelta, cuando Flávio salió victorioso por una diferencia de dos millones de votos.
La victoria de Lula pasa por hacer frente a una estadística que juega en su contra: hasta ahora, ningún candidato que finalizó la primera vuelta como segunda fuerza logró vencer en el balotaje final.
Las dos corrientes más populares de Brasil frente a frente, como hace cuatro años, cuando el histórico sindicalista Lula venció al ultraderechista Jair. Esta derrota derivó en una condena de 27 años de cárcel para Bolsonaro por intento de golpe de Estado. Actualmente, Jair cumple su pena en arresto domiciliario por motivos de salud, y aunque no ha podido estar presente en la campaña de su hijo mayor, Flávio se ha encargado de convertirlo en una figura constante de su discurso. Afirma que lo primero que hará cuando sea presidente será liberar a su padre, víctima de una "persecución policial".
La campaña electoral ha estado marcada por la polarización y el intercambio de insultos entre los candidatos. En el debate televisado del pasado domingo, ambos protagonizaron un cruce de acusaciones por corrupción: "La mentira es el fuerte de la familia Bolsonaro", aseguraba el presidente, mientras su contrincante mostraba la palma de su mano izquierda, con la palabra "corrupto" escrita con bolígrafo. Esta crispación se ha visto trasladada a una población que votará mayoritariamente con la idea de "impedir la victoria del otro", más que por entusiasmo hacia su propio candidato: "Estas elecciones no son únicamente una batalla entre Lula y Flávio, sino también una batalla de rechazos. Por un lado están quienes se oponen a Lula y al Partido de los Trabajadores y nunca volverían a votarlos; por otro, quienes rechazan a Flávio Bolsonaro", explica Guilherme Casaroes, profesor de Estudios Brasileños de la Florida International University.
Una victoria de Bolsonaro añadiría un nuevo nombre a la lista de aliados del presidente estadounidense Donald Trump en América Latina. En los últimos tres años, casi una decena de líderes derechistas afines a Washington han asaltado los gobiernos de sus países. Algunos, como el argentino Javier Milei, han acompañado a Flávio en campaña y le sirven como modelo económico. Una alianza que Trump bautizó como el Escudo de las Américas y que ahora busca inscribir a un nuevo aliado en el Estado brasileño.
Una mujer pasa junto a banderas y toallas con imágenes del presidente de Brasil y candidato presidencial Luiz Inácio Lula da Silva, y del senador de derecha y candidato presidencial Flávio Bolsonaro. EVARISTO SA / AFP
¿Qué esperar de esta segunda vuelta?
A la contra de todas las encuestas, Flávio protagonizó una sorprendente victoria en la primera vuelta, acumulando un 47% de los votos. En esa ocasión, los sondeos daban la victoria a Lula con una ventaja de 3 puntos: "El hecho de que Bolsonaro consiguiera remontar probablemente responde a un fenómeno habitual en las elecciones brasileñas: en los últimos días, algunos electores cambian de opinión si creen que un candidato tiene posibilidades de ganar en la primera vuelta", afirma Casaroes.
El panorama actual del candidato contrasta considerablemente con el inicio de la campaña: sin apoyos, amenazado por casos de corrupción y bajo la etiqueta de "hijo de". Ahora, Flávio parte como favorito y tiene el control de la Cámara de los Diputados, lo que le permitiría aprobar leyes con facilidad si se proclama presidente. Tres semanas después de la primera cita electoral, el líder del Partido Liberal ha mantenido una ligera ventaja, aunque la distancia entre ambos se ha ido acortando poco a poco. Los últimos sondeos publicados esta semana pronostican un empate técnico entre los dos líderes.
Sin embargo, Jorge Chaloub, profesor de políticas en la Universidad Federal de Río de Janeiro, otorga a Bolsonaro una leve ventaja respecto a su oponente: "Lo esperable es que una parte importante de los votantes de los candidatos que perdieron en la primera vuelta, que en su mayoría eran conservadores, se decanten por Flávio". Las esperanzas de Lula se salvaguardan en el impulso que le han ofrecido las medidas sociales que ha aprobado de última hora, como la reducción de la jornada laboral, y en atraer al electorado abstencionista de las grandes ciudades, según Flávia Biroli, profesora de ciencias políticas en la Universidad de Brasilia.
A lo largo de estas semanas, Bolsonaro ha ido configurando la que podría ser su coalición de gobierno, y ha recibido el respaldo oficial de varios partidos. En conjunto, el Partido Liberal de Bolsonaro y sus aliados controlarían al menos 280 escaños de los 513 de la Cámara de los Diputados. El PL, con 121, sería la fuerza parlamentaria con más asientos desde 1989 y superaría con creces al PT de Lula, con 88.
Medidas "electoralistas"
A pesar de encontrarse a las puertas del final de su mandato, Lula ha aprobado en las últimas semanas un aluvión de ayudas sociales de última hora que la oposición ha acusado de "electoralistas".
Una semana antes de la primera vuelta, el Gobierno anunció la prohibición de las apuestas deportivas y los casinos en línea, una de las mayores lacras del país: en 2025, 25 millones de brasileños apostaron 220.600 millones de reales (37.150 millones de euros) en apuestas deportivas online. Una regulación que fue celebrada por muchas familias, pero que situaba al Ejecutivo en contra de los lobbies y los clubes de fútbol, que perderían cuantiosos ingresos tras la prohibición.
A once días de la segunda cita electoral, el Senado aprobó la reducción de la jornada laboral de 44 a 40 horas semanales (de seis a cinco días) sin recorte salarial, impulsada por el propio Lula. La reforma pondrá fin a una práctica habitual en sectores como el comercio minorista, donde se exige a los empleados que trabajen seis días a la semana: "Más tiempo para vivir, descansar, estar con la familia, ver crecer a los hijos, cuidarse y disfrutar de la vida", afirmaba el presidente en redes sociales tras el anuncio de la enmienda, que calificaba como una "victoria para los trabajadores".
La propuesta fue aprobada incluso con el apoyo del propio Flávio, que alegó responder al "clamor popular" pese a que anteriormente se había opuesto al proyecto.
Continuando con su ola de anuncios, Da Silva lanzó un paquete para condonar las deudas de los pequeños empresarios (unos 2.837 millones de euros) y aprobó el transporte gratuito en autobuses los fines de semana.
Dentro de su programa electoral, Lula también ha prometido un aumento del 15% del subsidio público de Bolsa Família. Además, ha intensificado un mensaje dedicado al empoderamiento de las mujeres y la lucha contra los feminicidios.
Bolsonaro ha criticado este repentino incremento de ayudas y ha asegurado que Lula está intentando "comprar votos".
El presidente de Brasil y candidato a la reelección, Luiz Inácio Lula da Silva (c), habla durante una rueda de prensa en un acto de campaña este lunes Ricardo Rimoli / EFE
Lulismo vs bolsonarismo
Tras la segunda vuelta, ambos bandos salieron a las calles a defender a sus candidatos. Lulistas y bolsonaristas, al igual que sus representantes, se han enfrentado e insultado y han intensificado una atmósfera de confrontación social entre las dos ideologías hegemónicas del país.
Lula, el histórico sindicalista que gobernó el país entre 2003 y 2011, llega a sus séptimas elecciones presidenciales a punto de cumplir 81 años, aunque su edad no le haya impedido mostrar un estado impetuoso y enérgico durante la campaña. Mientras que sus primeros dos mandatos fueron una época de transformación social para Brasil, llegando a convertirse en octava potencia mundial, estos últimos cuatro años, con logros más discretos, contrastan con el joven Lula y su aprobación ha caído al 47%. Para devolver la ilusión a los lulistas, en estos últimos meses ha tratado de reforzar su perfil más izquierdista con un mensaje centrado en las clases más bajas y en el empoderamiento de la mujer, una base muy importante de su electorado.
En la otra trinchera, Flávio ha emergido autodescribiéndose como un "Bolsonaro tranquilo", un perfil que le ha valido para atraer tanto al votante conservador más radical como a la derecha tradicional del país. A pesar de esta etiqueta, su programa político es muy similar al de su padre y calca las bases del resto de líderes latinoamericanos: seguridad y lucha contra la criminalidad. Defiende la reducción de la responsabilidad hasta los 14 años y plantea un modelo carcelario del presidente salvadoreño Nayib Bukele, inaugurando cinco nuevas cárceles. Además, plantea reforzar la vigilancia militar de las fronteras, la castración química para los violadores y el endurecimiento de penas. En materia económica, sigue el 'modelo Milei': suprimirle poder al Estado, eliminar al menos una decena de ministerios para disminuir el gasto público y privatizar empresas públicas (el denominado tesouraço).
El candidato presidencial de la oposición, el senador Flávio Bolsonaro, sostiene un cartel que dice en portugués: "Quedan cuatro días para jubilar a Lula" Ettore Chiereguini Ettore Chiereguini / AP
Una población desencantada
A pesar de que el voto en Brasil es obligatorio, la abstención en la primera vuelta alcanzó el 20%, lo que supone un total de 30 millones de brasileños que no acudieron a las urnas. Una cifra que refleja un descontento hacia la clase política por parte de una nación escéptica con el bolsonarismo y decepcionada con el lulismo. En el caso de este último, su caída de popularidad es notoria: ha perdido 3 millones de votantes respecto a las elecciones de 2022.
"Las dos cuestiones que más preocupan a la población son la seguridad y el coste de la vida", asegura Casaroes. "Respecto a ambas, más allá de los datos macro, que sí que mejoran en ciertos aspectos, la percepción general de los brasileños es que, durante el último mandato de Lula, ni su situación económica ha mejorado ni se sienten seguros". Para el profesor, las redes sociales han amplificado la sensación de inseguridad y de mayor presencia de la violencia.
Aunque la tasa de homicidios de Brasil ha descendido un 40 % en los últimos diez años, hasta situarse en 15,4 por cada 100.000 habitantes; otro tipo de delitos, como el robo de teléfonos móviles, continúan amenazando a los ciudadanos. En 2025 se registraron unos 830.000 casos de móviles robados. El propio Casaroes afirma que le han robado el teléfono dos veces en São Paulo.
Ambos candidatos se han hecho eco de esta epidemia y coinciden en que se deberían aplicar penas más duras para los ladrones. En este aspecto, Flávio ha aprovechado en campaña para jactarse de esa "mano dura" bolsonarista. Y tiene razón: durante el liderazgo de su padre, entre 2019 y 2023, Brasil experimentó un descenso significativo de los delitos violentos. Algo que se logró, como contrapartida, mediante el aumento del poder de las milicias y los grupos parapoliciales.
Otro asunto que ha derivado en la desconfianza ciudadana no es otro que la corrupción. Ambos aspirantes se han visto afectados, de forma directa o indirecta, por los escándalos. En el caso del mandatario sindicalista, esta oscura sombra de la corrupción lo lleva amenazando desde sus primeros años como presidente. En 2005, estalló una trama de venta de votos y apoyos políticos que, si bien no involucraba al presidente, afectó a varios miembros de su partido. Además, Lula se enfrenta a una investigación contra su hijo, Fábio Luis da Silva, por tráfico de influencias.
En 2018, Lula fue condenado a 9 años de prisión por un entramado de desvío de fondos públicos. Dos años después, sin embargo, una investigación periodística permitió que fuese absuelto y que se anularan todas sus causas. "Gran parte del rechazo a Lula se explica por esa percepción de que es corrupto y por su ingreso en prisión en 2018", considera Casaroes. A pesar de que sus condenas fueran anuladas, sigue extendida esa imagen de político corrompido".
En la otra bancada, la carrera política de Flávio ha estado afectada por causas judiciales y escándalos que finalmente fueron archivados. Su último caso viene derivado de la película Dark Horse, un biopic sobre la vida de su padre que presuntamente habría obtenido financiación irregular. Supuestamente, bajo el pretexto de esta película, Flávio habría recibido transferencias millonarias del banquero Daniel Vorcaro, involucrado en el desfalco que costó la quiebra del Banco Master, el mayor fraude financiero de la historia de Brasil. Aunque la Policía Federal continúa investigando el caso, él asegura que fue un patrocinio privado y legal.
La guerra con Meta y la injerencia de Trump
Como si de un espíritu fantasmagórico se tratase, la presencia de Estados Unidos ha sido continua durante toda la campaña electoral. Los intereses políticos de Trump en las elecciones de Brasil son evidentes. El país es la última pieza progresista, a excepción de México, que le falta al republicano. Cuando ha sido preguntado en el Despacho Oval, ha sido claro: se alegraba de que Lula hubiese perdido la primera vuelta y estaba deseando ver a los Bolsonaro de nuevo en el poder.
Una persona sostiene una imagen del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante una manifestación contra Meta EFE / Isaac Fontana
No obstante, Flavia explica que la injerencia excesiva de EE.UU. no cala bien en el electorado conservador brasileño: "Las encuestas muestran que a la población no le parece bien que Estados Unidos intente intervenir de forma directa en la campaña. Por ello, la forma más directa en que el país está presente hoy es a través de la actuación de las Big Tech". Ese es el papel que ha adoptado Meta según el Tribunal Superior Electoral (TSE), que ha prohibido al gigante tecnológico limitar la difusión de los contenidos de ningún candidato, después de que la campaña de Lula denunciase un trato diferencial: el verificador brasileño Aos Fatos detectó 255 perfiles de Instagram que publicaban contenidos generados con inteligencia artificial para favorecer a los Bolsonaro.
Esta sanción ha provocado la indignación y movilización de izquierdistas que se manifestaron el pasado lunes ante la sede del conglomerado São Paulo.
¿Qué se juega la Amazonia en estas elecciones?
Más allá de sus disparidades y sus encontronazos, en el duelo entre Lula y Flávio existe otro elemento que se juega mucho en estas elecciones: la selva amazónica, el pulmón del planeta Tierra. Durante el gobierno de Jair Bolsonaro, desde 2019 hasta 2023, la deforestación de la Amazonia aumentó en un 30%, lo que supuso la destrucción de 45.586 km² de bosque. Con Lula de vuelta al poder, el Ejecutivo volvió a frenar la tala de árboles y reforzó la agencia brasileña de aplicación ambiental, IBAMA.
"A pesar de que no todas las decisiones de Lula son coherentes desde el punto de vista medioambiental (quiere impulsar proyectos de extracción de petróleo en aguas cercanas al río Amazonas), su balance general en materia de protección medioambiental es positivo", afirma Casaroes. "Flávio, por el contrario, quiere seguir los pasos de su padre".
Cuatro años después, Flávio pretende volver a emplear la Amazonia como un "activo verde", es decir, como una oportunidad de empuje económico. "No es partidario de una supervisión estricta ni de una regulación intensa de las actividades desarrolladas en la selva. Si Flávio Bolsonaro gana, especialmente con el Congreso actual, podríamos asistir a una relajación de las normas medioambientales".