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El MoMA recuerda a Robert Altman, patrón del cine independiente estadounidense

  • El museo bucea en las rarezas de la carrera de cineasta de Kansas City

  • Además de sus obras maestras Nashville, El Juego de Hollywood Vidas cruzadas

ESTEBAN RAMÓN
4 min.

Es verdad que John Cassavetes merecería el mismo titular, pero murió demasiado pronto. O Woody Allen, pero su éxito oculta su independencia. Así que queda Robert Altman como puente entre los nuevos cines de los 60 y el cine independiente de los 90. Porque Altman, aunque tardío en el largometraje, fue longevo. El MoMA de Nueva York inaugura el 3 de diciembre una completísima retrospectiva del cineasta de Kansas City que no se limita a su filmografía, sino a todos sus trabajos documentales y televisivos.

En 1970, con 45 años y siendo una figura secundaria de la industria, dirigió M.A.S.H (ganadora de la Palma de Oro en Cannes). La película, una sátira subversiva de la Guerra de Vietman ambientada en la Guerra de Corea, rompió el molde de la comedia, antecediendo incluso al cine gamberro sobre universitarios que Desmadre a la americana podría de moda años más tardes.

Su figura siempre está asociada a sus marcas de estilo, resumidas en un adjetivo recogido en algunos diccionarios: altmanesque. O, lo que es lo mismo, vocación de fresco, diálogos superpuestos, y naturalidad y aparente improvisación en las actuaciones. Según su viuda, el mismísimoJack Warner llegó a despedirle durante el montaje de Countdown (1967) porque “ese idiota tiene actores hablando al mismo tiempo”.

Nunca repitió las cifras taquilleras de M.A.S.H. , pero lo suyo era la independencia y la libertad. Y el éxito de la película le bastó para respaldar sus proyectos de los alocados años 70 de Hollywood. Llamó a su productora Sandcastle 5 porque comparaba hacer películas con levantar castillos de arena. Fue nominado cinco veces al Oscar sin ganar ninguno hasta que en 2006 recibió el Oscar honorífico justo a tiempo: falleció siete meses después, a los 81 años.

Altman televisivo

Lo de que Altman era tardío tenía truco. El director se fogueó en la televisión de los años 50 y 60 con capítulos en series como Bonanza o Route 66. Alfred Hitchcock le seleccionó para uno de los episodios de Alfred Hitchcock presenta, pero su creatividad topó contra los estrictos métodos televisivos. Cuando quiso introducir sus experiencias en la II Guerra Mundial en un episodio sobre las neurosis de guerra en la serie Combat fue despedido. “Cualquiera que piense que la televisión es un medio artístico está loco. Es un medio publicitario”, dijo una vez.

Irónicamente, tras un retiro voluntario en París a mediados de los 80, fue la televisión la que le rescató. Tanner ’88 (1988), la miniserie de falsos documentales de la HBO sobre una campaña política abonó el terreno para sus grandes películas de los años 90. “Creo que es el proyectó más creativo en el que he trabajado”, afirmó contradiciéndose.

M.A.S.H. originó una serie legendaria de la televisión estadounidense y Julian Fellowes, guionista Gosford Park (2001), continuó el universo de la cinta en los episodios en la premiada Downton Abbey.

Altman musical

En la exposición del MoMA podrán verse los Soundies rodados por Altman. Unos antecedentes de vídeoclips que, rodados en 8 mm, se proyectaban un jukebox con monitor (los llammados Color-Sonics) de aproximadamente 800 bares y nightclubs de los años 60.

Encargó la banda sonora de su atípico western Los vividores (1971) a Leonard Cohen. Y su pasión cristalizó en Nashville (1975), apoteosis de la música country, por la que el actor y cantante Keith Carradine ganó un Oscar a mejor canción original.

Como colofón, en 1996 rodó Kansas City, policíaco que homenajeaba la música de su ciudad natal y donde figuras modernas del jazz como Craig Handy, Joshua Redman o James Carter, interpretaban el papel de leyendas como Coleman Hawkins, Lester Young o Ben Webster. Un género que, en sus propias palabras, se ajustaba a su estilo: “el jazz ha permanecido porque no tiene un comienzo o un final. Es un momento”.

Y Altman maestro

En su carrera no faltan los batacazos artísticos como Popeye (1980), con el fallecido Robin Williams, o Prêt-à-Porter, su fallido retrato del mundo de la alta costura. Pero nada puede ensuciar el magisterio (además de las citadas M.A.S.H , Nashville o Los vividores) de El juego de Hollywood, Vidas cruzadas, Tres mujeres o Un día de boda. Películas corales que decía que estaban dirigidas "al cuello del espectador" para que éste se esforzase en "mirar lo que pasa dentro del cuadro".

Cuando con 80 años rodaba El último show, Paul Thomas Anderson, admirador de Altman, permaneció a su lado en todo momento como seguro de que la película se acabaría. Un ejemplo de la influencia en las nuevas generaciones de un director que, a su vez, afirmaba haber robado sus reglas de Las reglas del juego de Jean Renoir. "Me acerco a una película como a una pintura o una pieza de música. Es una impresión, una impresión de un carácter o una atmósfera. Un inento de captar a los espectadores emocionalmente, no intelectualmente". Palabra de Altman.

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