Desde su hallazgo y su continua evolución, los 118 elementos que configuran la tabla periódica han marcado el rumbo de la ciencia y también de nuestra historia. Todos, en mayor o menor medida, estamos familiarizados con símbolos químicos de nuestro día a día o de los que escuchamos hablar a menudo: oxígeno, cobre, oro, plata, sodio…
La gran mayoría de elementos químicos poseen en su interior propiedades estables, o lo que es lo mismo, tienen una composición equilibrada de neutrones y protones en su núcleo. Sin embargo, a una pequeña parte de ellos les ocurre todo lo contrario: son inestables. Su composición interna emite lo que conocemos como radiactividad. Un fenómeno complejo que, si no se usa de forma correcta, puede resultar letal.
Si pensamos en radiactividad, nos viene a la cabeza un panorama desolador como Chernobyl (Ucrania) durante la década de los años 80 o la terrible imagen de Hiroshima (Japón) durante la Segunda Guerra Mundial. Pero la radiactividad no solo surge de las centrales nucleares o de las bombas atómicas de destrucción masiva. Está mucho más cerca de lo que pensamos.
Una doble cara
Elementos químicos como el plomo, el cobalto o el mercurio tienen en común la radiactividad. Algunos de ellos, en dosis muy bajas, son necesarios incluso para el correcto funcionamiento del organismo. La radiactividad también salva vidas cuando se utiliza de forma controlada en tratamientos contra el cáncer o en máquinas sanitarias de alta precisión que rastrean y detectan enfermedades. Sin embargo, cuando la radiactividad presenta índices muy elevados y descontrolados puede provocar graves problemas para nuestra salud y nuestro entorno.
¿Qué ocurre con todos los materiales y residuos radiactivos que han tenido un uso y ya no se utilizan? En la provincia de Córdoba, el Centro de Almacenamiento de Residuos Radiactivos Sólidos El Cabril se encarga de esta misión. Su directora, Eva Noguero, explica en ‘Curioseando’ que se trata de “la única instalación autorizada en España para almacenar de forma definitiva los residuos de muy baja, baja y media actividad que se generan en nuestro país”. En este espacio situado a casi 90 kilómetros de la capital cordobesa se reciben residuos de muy variada tipología: desde elementos metálicos, escombros, filtros, vestuario, textiles de personal médico o de centrales nucleares… Todo un cementerio de radiactividad donde se guardan, a buen recaudo, más de 60.000 metros cúbicos de materiales.
Un escudo de hormigón
El proceso para almacenar los residuos radiactivos que llegan a El Cabril es riguroso y efectivo. Se hace en grandes contenedores de hormigón, ya que este es un material que protege frente a la radiactividad de los rayos gamma y rayos X. “Recibimos estos residuos en el interior de unos bidones que introducimos, a su vez, en un contenedor de hormigón mucho más grande. Una vez aquí, inmovilizamos con mortero los bidones de residuos radiactivos”, explica Eva Noguero.

Grandes contenedores sellados con cemento y mortero albergan los bidones de residuos radiactivos.
Este conjunto de bidones inmovilizados pasa a una siguiente fase del sistema: las celdas-contenedores, ubicadas en otra zona del recinto y todavía más amplias en cuanto a superficie y profundidad. Por supuesto, también están hechas con hormigón. “En realidad, funcionan como barreras que permiten aislar de forma segura todo el material radiactivo. El objetivo es que no afecten ni a las personas que trabajan aquí ni al entorno natural”. En total, cuenta con 28 celdas de almacenamiento y 320 contenedores de hormigón en cada una de ellas. Además, por si esto aún fuera poco, están cerradas y selladas con otra gran losa de hormigón.
A contrarreloj
Aunque los efectos nocivos de la radiactividad disminuyen a medida que transcurre el tiempo, no todos los materiales dejan de ser radiactivos a la vez. Por ejemplo, los de baja y media actividad, como ropa de trabajo, herramientas médicas o elementos de centrales nucleares, requieren varios cientos de años para que dejen de ser perjudiciales. Por su parte, aquellos residuos de muy baja actividad, como los industriales u otros de menor envergadura, sólo necesitan una decena de años. En un futuro a medio plazo, llegará lo que desde este centro de El Cabril llaman la solución definitiva: “la idea es que todas las celdas formen parte de una enorme cobertura con diferentes capas, a base de tierra vegetal y vegetación”. Solo así se habrá generado, literalmente, una gran montaña de residuos radiactivos en perfecta y segura armonía con el paisaje.