¿Las miradas hablan? ¿Cuentan historias? Muchos dicen que sí, que los ojos son el reflejo del alma, que desvelan aquello que callamos y lo qué somos. Que muestran nuestra esencia. El periodista y presentador de RTVE, Carlos del Amor es uno de los que comparte esta idea.
Cuando al escritor le llegó un correo electrónico con el asunto "Retrato inédito de Velázquez", su curiosidad se activó de inmediato. "Santi, el remitente del mail y ayudante del coleccionista privado, –explica del Amor en los micrófonos de Las tardes de RNE– me documentó muy detalladamente las razones por las que creían que un cuadro que poseían y que retrataba a una mujer anónima, era de Velázquez". Y así, añade, nació el hilo conductor de su sexta novela, la tercera relacionada con el mundo del arte: Una dama desconocida.
Las tardes de RNE - Carlos del Amor y 'Una dama desconocida'
Las pruebas eran sólidas. "Había un amplio informe de materiales historiográficos y radiológicos", apunta el periodista. Está, por ejemplo, la coincidencia de los materiales del cuadro con los de la Sevilla del siglo XVII, o la similitud de la paleta de colores con la que habitualmente empleaba el autor de Las meninas en sus trabajos. Por no hablar del detalle de estar ante un "cuadro reutilizado que esconde un caballero debajo", recuerda Carlos del Amor.
Todas ellas son pistas fiables y demostrables. Son concretas. Científicas. Todas "ayudan a estrechar el círculo" de la misteriosa autoría, insiste. Sin embargo, hay una prueba, quizá la más determinante, que no puede ni explicarse ni medirse y, a veces, ni siquiera entenderse: su mirada.
Porque no es solo que la obra tenga “una mirada velazqueña", esa que mezcla "lo estrábico con lo dulce y lo persecutorio, pero también con lo plácido y la buena pintura". Es que, además, el óleo contiene la "mirada del amor".
"La teoría del coleccionista es que solo alguien que está enamorado puede mirar de esa forma" –subraya el escritor murciano en relación al retrato de la mujer de enigmáticos y vivaces ojos negros–. O, al menos, tiene que ser una persona que tenga cierta complicidad con quien la está pintando, y eso solo lo puede tener Juana Pacheco, la mujer de Velázquez a quien conocía desde la infancia”. ¿No?
Esos enigmas –quién estaba detrás del pincel y quién posó frente a él– son los que trata de desentrañar Carlos del Amor en Una dama desconocida, una novela a caballo entre lo periodístico y lo detectivesco y el mito y la realidad que, justo por ello, bien podría haberse titulado "La novia de Velázquez" o, por qué no, Laberinto sin final.
El poder de la firma en el arte
"Se sabe que esta mujer existió y que se sentó a posar delante de alguien, pero la documentación se perdió con el paso del tiempo", indica el escritor. Por ello, enfatiza, el proceso de creación ha sido una auténtica odisea. Aunque de las buenas. "Te topabas con una pared y tenías que seguir otro camino. Pero lo maravilloso del arte es que justamente nos plantea muchas preguntas y muchas dudas".
425º aniversario del nacimiento de Diego Velázquez
"Ojalá fuera Juana Pacheco la del cuadro, porque de ser así –apunta Carlos del Amor–, podríamos estar ante el primer retrato conocido de Velázquez e, incluso, casi ante su primer cuadro".
Si el pintor sevillano—o quien fuera el autor—hubiera firmado, todo habría sido más sencillo. Más rápido. Pero seguramente menos interesante. Y, sobre todo mucho menos enriquecedor.
"Vivimos en una sociedad totalmente marketiniana", asegura el informador. Tanto que hasta "Las meninas han hecho daño". No hay mejor y a la vez triste muestra de ello que "esas meninas que se instalan por las calles". "Vamos a ARCO o a cualquier feria y ante un cuadro que nos parece una chorrada, nos dicen que es de Picasso y nos gusta más automáticamente. Y nos gusta por la firma, por el pintor, por el valor y por lo que esconde detrás", se lamenta Carlos del Amor cuando lo que hay que hacer es valorar.
Porque lo que es arte, es arte y los nombre y apellidos, solo son eso, nombres y apellidos.