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Greta Garbo, la diva que nunca quiso ser actriz

NOAH BENALAL
7 min.

Murió escondida en el anonimato después de declarar que prefería estar sola, y mucho antes fue convertida en mito por una prensa atónita. Greta Garbo dijo adiós a un Hollywood que no está acostumbrado a sufrir el rechazo de sus propias estrellas, a que sean ellas las que elijan el momento de marcharse. Aún reconocían su talento y su belleza a los 36 años; la apodaban la divina, la esfinge y la que nunca se ríe. Imponente y enigmática, impresionó siempre a una audiencia incapaz de penetrar en su vida privada, de conocerla más allá de sus papeles. La trataban ya como un fantasma cuando paseaba por las calles de Manhattan con unas gafas de sol, haciendo su vida en las inmediaciones de su apartamento cerca del East River.

Greta Garbo vivió, pero dejó fuera a los extraños ansiosos por conocerla. Después de treinta años sin ella, los documentos son millones de especulaciones y dos décadas de brillantes trabajos. Mata Hari (1931), Ana Karenina (1935) y Grand Hotel (1935) engrandecieron una leyenda que bajó a la tierra con películas cómicas; en La reina Cristina de Suecia (1933) y Ninotchka (1939), la mujer del rostro siempre serio demostraba que su regia compostura y su duro acento eran buenos elementos para hacer reír.

Greta Garbo como 'Mata Hari' en los estudios de la Metro Goldwyn Mayer MGM

Porque el cine sonoro se llevó por delante a muchos de sus contemporáneos; un simpático drama que quedó retratado en Cantando bajo la lluvia (1952) y convirtió a la actriz Gloria Swanson en su figura de Sunset Boulevard (1950). Pero el carácter de su voz llamó aún más la atención sobre la figura de Greta Garbo y terminó de afianzar en su lugar a esta actriz sueca, que siempre había defendido que no sabía actuar.

Cuando le preguntaron, al asentarse en Estados Unidos, si era difícil hacer películas, ella dijo que era terrible: “Soy una chica buena que se pone muy triste cuando la gente es mala con ella, aunque eso no os debe parecer muy femenino. Ser femenina es una cualidad adorable que es muy posible que yo no posea”.

La duda la acompañó siempre y también achicó su carrera: “Mi talento está dentro de límites muy definidos. No soy tan versátil como algunos piensan”.

Retrato de Greta Garbo en los años 30

El nacimiento de una estrella

Aterrizó en el cine por casualidad siendo una adolescente. Greta Lovisa Gustafsson se convirtió en Garbo cuando conoció a Mauritz Stiller, el extravagante director sueco que le abriría las puertas de la Metro Goldwin Mayer. Convertido en excéntrico amigo y maestro, este hombre que “Se ponía físicamente enfermo cuando veía algo feo” le prodigó su atención y sus cuidados y la ayudó a librarse —sin conseguirlo nunca del todo— de lo que Marlene Dietrich calificaría como una tendencia "ignorante y provinciana", el carácter parco y huidizo que siempre la diferenció de sus contemporáneas.

Greta Garbo rodando 'La mujer divina' (1928), una película de la que se perdieron varios rollos y cuyo título se convirtió en su apodo

Juntos rodaron La leyenda de Gösta Berling en 1924 y viajaron a Alemania para ponerse bajo las órdenes de G.W. Pabst. Su parada anterior a Hollywood fue el rodaje de Bajo la máscara del placer, donde la Garbo aprendió a domar su timidez y su ansiedad: cuentan que al principio estaba tan nerviosa que sus mejillas temblaban en la pantalla, y que los primeros treinta metros de celuloide tuvieron que irse a la basura.

Sintiéndose algo más segura y algo más actriz, llegó a Hollywood para cumplir la promesa que Stiller le hizo a Louis B. Mayer, el vicepresidente de MGM: Greta Garbo “poseía una belleza de las que se ven una vez cada mil años”, juraba su mentor, y se iba a convertir en “la mejor actriz del mundo”.

Greta Garbo poseía "una belleza de las que aparecen una vez en cien años", según Mauritz Stiller.

Cine mudo y Hollywood dorado

En California grabó El torrente (1926), La tierra de todos (1926), El demonio y la carne (1926) y La mujer divina (1928), la película que acuñó el apodo que acompañaría para siempre al mito de la Garbo. Con la llegada del sonoro, y tras la promoción de su Anna Christie (1930) con las palabras "¡La Garbo habla!", protagonizó varias cintas elocuentes donde destacaba su particular temperamento, su parquedad y ese duro acento sueco: Ninotchka (1939), una de las comedias más divertidas de Lubitsch, se organiza por entero alrededor de ellos. La película le valió a la actriz una de sus tres nominaciones al Premio de la Academia, un reconocimiento que nunca recibió mientras estaba en activo. En 1955 recibió el Oscar honorífico y no acudió a recogerlo.

Greta Garbo con Melvyn Douglas en Ninotchka (Ernst Lubitsch, 1939) GTRES

Los años treinta también la convirtieron en la cara icónica de muchos de los dramas románticos de la década: Grand Hotel (1932), El velo pintado (1934), Anna Karenina (1935) o La dama de las camelias (1936). Con su porte regio y su origen extranjero, que aún funcionaba como atractor de un público americano —fascinado por sus misterios, encantado de apropiarse de otros talentos—, fue junto a Marlene Dietrich una de las mujeres mejor pagadas del Hollywood clásico.

Eligió la vida tras puertas cerradas

La muerte de su descubridor y maestro, quien muchos historiadores mantienen que fue homosexual y a quien otros le atribuyen un affair con la jovencísima Garbo, fue un golpe muy duro para ella, que años atrás le habría dicho a Axel Nilsson: "Si alguna vez fuese a querer a alguien, sería a Mauritz Stiller". Siempre se mantuvo el misterio sobre su vida privada, así que sus caracterizaciones en este ámbito son contradictorias y complejas.

De sobra conocida es la frase pronunciada en una de sus pocas entrevistas: "Mi vida se ha desarrollado a través de escondites, puertas traseras, ascensores secretos y todas las maneras posibles de pasar desapercibida". La única certeza es esta deseada opacidad.

La actriz Greta Garbo fumando un cigarro en la década de los 20

Dicen que fue muy enamoradiza, y lo que más historias genera es el rumor a voces de su bisexualidad. Hay quien busca las señales en sus películas, en su frialdad y en su rechazo vocal de la feminidad; o en el beso a una cortesana que da cuando interpreta a La reina Cristina de Suecia. Dicen que se enamoró de Marlene Dietrich en el Berlín de Pabst y que la alemana fue allí su anfitriona y confidente. Desvergonzada y visceral, Dietrich habría explotado al colisionar con el temperamento tímido de Garbo, a quien más adelante ridiculizaría sin que esta se dignase a contestar. No tuvo hijos ni relaciones largas y cultivó muchas relaciones por carta, siempre selectiva pero íntima con su amistad.

Avance del documental 'Marlene Dietrich y Greta Garbo: El Ángel y la Divina'

"Quiero estar sola" fue la única explicación que dio cuando, tras 20 años de carrera, decidió abandonar la esfera pública. Hollywood fue un regalo inesperado para una Garbo llena de ansiedades sobre su talento, que nunca deseó ser el centro de atención. Por eso, en su mejor momento y con los bolsillos llenos, lo cambió por una vida tranquila en su apartamento de Nueva York. Allí vivió hasta los 84 años.

Foto coloreada de Greta Garbo, el misterio favorito del Hollywood clásico

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