Resulta difícil imaginar que, casi una década después de la llegada de la democracia a España, siguiera funcionando una institución en la que cientos de mujeres y menores sufrían malos tratos y vulneraciones de derechos. Pero así fue. El Patronato de Protección a la Mujer, creado en 1941 durante la dictadura franquista, estuvo activo hasta 1985, cuando los abusos que se vivían dentro de sus muros no se pudieron silenciar más.
Bajo el amparo del Ministerio de Justicia, la misión oficial del Patronato era proteger y reeducar a las jóvenes que vivían en riesgo moral. Los únicos "delitos" de estas mujeres eran fumar, llevar escote o llegar tarde a casa. Bastaba con que sus comportamientos fueran considerados inmorales para que acabaran en estas instalaciones, donde eran sometidas a un sistema de control y represión que las obligaba a encajar en los preceptos del nacionalcatolicismo.
La serie documental El Patronato. Histéricas, desviadas, descarriadas recupera la historia de esta institución a través de los testimonios de algunas de sus supervivientes y de investigadoras, historiadoras y otras profesionales que ayudan a reconstruir lo ocurrido. Tres capítulos que abordan el internamiento de las menores, las violencias que sufrieron dentro de los centros y las consecuencias que arrastran décadas después. Uno de los acontecimientos que contribuyó a sacar a la luz las condiciones de estos reformatorios fue la muerte de Inmaculada Valderrama en 1983. La investigación de Marta García, María Palau y Esther López sobre su caso es uno de los puntos fuertes de la serie de RTVE Play.
Inmaculada Valderrama y el silencio del Patronato
El 19 de septiembre de 1983, Inmaculada Valderrama murió en el reformatorio de San Fernando de Henares (Madrid). La versión oficial presentó lo ocurrido como un intento de fuga, una explicación que también recogió la prensa de la época. Sin embargo, las circunstancias de su fallecimiento nunca han quedado completamente esclarecidas. Concha, trabajadora social del centro en aquel momento, recuerda que la joven murió delante de ella. Un día después, el médico forense Alfonso Cabeza Borque realizó la autopsia. "A 40 años vista, tiene muchos puntos oscuros", reconoce al recordar el caso. Una de las hermanas de Inmaculada, Josefa, sostiene que su familia nunca creyó que se tratara de un suicidio. "Sabrá Dios lo que pasó ella en esa celda de castigo", declara.
El Patronato - Episodio 1 - La muerte de Inmaculada
A partir de esta historia, el documental reconstruye el funcionamiento del Patronato y los motivos por los que tantas jóvenes acabaron encerradas en sus centros. Creado en 1941 y dependiente del Ministerio de Justicia —el cargo honorífico lo ostentaba Carmen Polo—, contaba con una estructura nacional, provincial y local. Su misión era vigilar y corregir las conductas consideradas contrarias a la moral de la época. Como explica Carmen Guillén, doctora en Historia Contemporánea y autora de Redimir y adoctrinar, el ideal femenino del nacionalcatolicismo pasaba por ser una mujer "sumisa, abnegada, decente". La sexualidad se convertía en un elemento central de ese control a tres niveles: individual (ligado a la virginidad), matrimonial (como fuente masculina de placer) y nacional (por su capacidad reproductiva).
No hacía falta cometer un delito ni pasar por un juicio para acabar en uno de estos reformatorios. Algunas fueron trasladadas sin conocer siquiera su destino, como la escritora Consuelo García del Cid. Según cuenta, su médico de cabecera y su madre la sedaron y la mandaron a Madrid en contra de su voluntad. "Hay veinticuatro horas de mi existencia que no sé dónde están", lamenta. Otras, como María Forns, sostienen que su familia y el capellán de su pueblo vieron su "descarrilamiento" cuando comenzó a juntarse con nuevas personas. Y también hubo casos, como el de Loli Gómez, que huyendo de abusos en casa se encontró con otros nuevos. "Mi padre iba a la comisaría, denunciaba que yo me había escapado, me detenían, me llevaban a la comisaría y de la comisaría llamaban a mi padre y otra vez a casa. Pero esto pasó muchas veces. Muchísimas", narra. Dice que cometió un error: contárselo a un psiquiatra, que fue el que decidió su ingreso.
Internas como ellas pasaban primero por centros de observación y clasificación, donde se evaluaba su comportamiento desde un punto de vista moral. También se realizaban pruebas médicas, psiquiátricas y ginecológicas para determinar su destino. Las jóvenes eran clasificadas como "completas" o "incompletas" en función de su virginidad. Después podían ser trasladadas a otros centros, donde el silencio, la oración y el trabajo formaban parte de su rutina, una que podía prolongarse durante años.
Malos tratos, electroshocks y separaciones forzadas
El segundo episodio profundiza en las violencias que sufrieron las mujeres dentro de los centros. El caso de Inmaculada Valderrama vuelve a poner de manifiesto las dudas sobre el funcionamiento de la institución y las circunstancias que rodearon la muerte de la joven. La magistrada y exdelegada del Gobierno contra la Violencia de Género Victoria Rosell analiza las dudas que rodean el caso y cuestiona que no se tomaran fotografías del cadáver y que la familia no pudiera ver el cuerpo completo. "Tenía la cara arañada", dijo su madre, como recuerda su hermana Josefa.
El Patronato - Episodio 2 - Los reformatorios del horror
Los castigos no se limitaban al encierro. Las muestras de afecto entre compañeras podían provocar el aislamiento de las jóvenes o su traslado a centros psiquiátricos. Le ocurrió a Araceli Navarro: fue encerrada durante una semana en un "chiscón" después de que descubrieran las cartas que intercambiaba con otra chica. La médica especialista en Psiquiatría Celia García explica que la homosexualidad se percibía entonces como algo contagioso. Mariona Roca también relata que fue sometida a electroshocks y tratamientos insulínicos durante meses. Llegó a escribir un diario para conservar el recuerdo de lo que ocurría, ya que la medicación le provocaba pérdidas de memoria. "Con el tratamiento psiquiátrico fueron doblegándome de alguna manera", sostiene.
"Lo puedo describir como el horror de los horrores". Así resume Paca Blanco su experiencia en la Maternidad de Peña Grande, un centro al que llegaban muchas mujeres embarazadas. Allí trasladaron también a Loli Gómez, que dio a luz sin anestesia, sola la mayor parte del tiempo y sometida a insultos. "Eres una cerda, eres una guarra. Te gustó mucho abrir las piernas... pues aquí las tienes, bien abiertas", rememora horrorizada. Después del parto, tuvo que lavar la sábana y marcharse directa a trabajar.
Varias de las supervivientes describen cómo se las convencía de que no estaban capacitadas para criar a sus hijos y cómo algunas mujeres nunca volvieron a saber qué ocurrió con los bebés. Chelo Alfonso cuenta que después de dar a luz no le permitieron ver a su hijo: "No lo puedes ver porque te puedes encariñar". No fue la única. Carmen Figueroa, que llegó al Patronato después de quedarse embarazada, también sufrió los intentos de la institución por quedarse con su hija. "Dentro de unos años la tendremos aquí, como a su madre", le dijeron. "No solo nos trataban mal. No solo nos maltrataban. No solo nos explotaban laboralmente, sino que además comercializaban con nuestros niños", sostiene Paca Blanco.
El fin del Patronato y una reparación que aún no llega
El trabajo era otra de las obligaciones de las mujeres que llegaban al Patronato. No se trataba de una actividad voluntaria ni recibían una compensación económica por ello. Las jóvenes cosían, bordaban y limpiaban durante jornadas de entre ocho y diez horas, incluso durante el embarazo. Algunas congregaciones recibían encargos de empresas externas y los ingresos revertían en ellas, pero sin mejorar las instalaciones. "Para el Patronato, una buena mujer no podía ser, por ejemplo, ingeniera o banquera. Una buena mujer tenía que ser secretaria, bordadora o costurera, o tenía que estar en su casa cuidando a sus hijos", explica la investigadora Marta García, autora del libro Inmaculada.
El Patronato - Episodio 3 - El fin del Patronato
La muerte de Inmaculada en 1983 fue uno de los detonantes de las protestas contra estos centros. Las internas de San Fernando de Henares comenzaron a manifestar su descontento y las reivindicaciones llegaron también a las calles, donde pudo leerse: "El reformatorio mata". La salida progresiva de las congregaciones religiosas y los cambios en la gestión de los centros fueron marcando el final de una institución que había sobrevivido a la dictadura. En 1984 cerró Peña Grande y un año después desapareció oficialmente el Patronato de Protección a la Mujer.
Pero el cierre de los centros no supuso el final de las consecuencias para quienes habían pasado por ellos. Loli Gómez recuerda que, con 17 años, se quedó en la calle y sin sus hijos. "No te imaginas lo que es vivir después de eso. Es vivir cada día pensando: '¿Habrán comido? ¿No habrán comido? ¿Tendrán frío? ¿Les estará queriendo alguien?''", relata. Otras supervivientes tardaron décadas en contar sus experiencias, marcadas por la vergüenza, el miedo y el silencio. Algunas llegaron incluso a dudar de sus propios recuerdos. La serie recoge también la historia de Eva García, considerada la primera víctima del Patronato reconocida oficialmente. Su caso sentó un precedente administrativo para el reconocimiento de otras supervivientes.
En junio de 2025, las congregaciones religiosas participaron en un acto de reconocimiento y perdón organizado por la Conferencia Española de Religiosos (CONFER). Sin embargo, el encuentro terminó entre protestas de las supervivientes, que reclamaban "verdad, justicia y reparación" y consideraban insuficiente el reconocimiento recibido. Juan Manuel Borrego, portavoz de las Oblatas del Santísimo Redentor, ha sido el único representante religioso que ha participado en el documental y asegura que les toca "asumir esta parte de nuestra historia". Décadas después del cierre del Patronato, la reparación sigue siendo una asignatura pendiente.