Mucho se está hablando de la España vaciada, pueblos en los que la población escasea, envejece y, por ende, los servicios más esenciales quedan por cubrir, pero hay otro fenómeno ligado a ese vacío: cuando una parte significativa de la población regresa, de forma temporal, con motivo normalmente de una fiesta popular o del período vacacional.
Poza de la Sal es el pueblo burgalés que vio nacer a Félix Rodríguez de la Fuente, y está aprendiendo a hacer de ello un reclamo turístico, especialmente para senderistas y amantes de la naturaleza. El pueblo, de apenas 150 habitantes en invierno, llega a alcanzar los 1.500 en el pico de agosto, y los 8.000 en un solo día cuando celebra su ya reconocido Festival Nacional de Charangas el primer fin de semana de mayo.
Estatua homenaje en Poza de la Sal a Félix Rodríguez de la Fuente.
El problema de la absorción
Ese día, los habitantes de Poza de la Sal tienen dos únicas opciones: encerrarse en casa, o unirse a la fiesta. En un evento de estas características, la organización no consiste únicamente en contactar con las charangas, organizar comidas y alojamiento, establecer un orden de actuación, decorar el pueblo… Hay que prever servicios tan esenciales como la recogida de basuras, multiplicar los agentes del orden público, servicios sanitarios… En definitiva, hay que asegurarse de que el pueblo sea capaz de absorber semejante incremento de población.
En los picos vacacionales, el problema se vuelve más acuciante. Noja, en Cantabria, pasa en unos días de tener 2.600 habitantes a 100.000. Su población se multiplica por 37. Sanxenxo, en Galicia, Gorliz y Lekeitio en el País Vasco, o Pals, Port de la Selva o Sant Pere Pescador y Santa Susanna en la costa catalana, Lloret, Calvià Benidorm… y un largo etcétera.
Fiestas en Poza de la Sal.
Reforzar los servicios en verano
La frase “hacer su agosto” cobra pleno sentido entonces para los comercios y la hostelería, pero no así para servicios esenciales. Las autoridades deben hacer un esfuerzo para multiplicarlos temporalmente, y esos esfuerzos no siempre se consideran dignos. ¿Qué hacer cuando un hospital como el de Motril, pensado para atender a 60.000 personas, se ve superado en verano en más de 100.000?
Y luego están los camiones de basura extra, los depósitos de agua dimensionados para el pico, las plantillas infladas… y cada julio y agosto el mismo problema logístico y humano que lleva a los habitantes de estos pueblos a desear que el verano o la fiesta de turno no lleguen nunca.