Israel afronta este martes unas elecciones tan cruciales como inciertas, marcadas por el trauma colectivo de los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023. El primer ministro, Benjamín Netanyahu, que ha logrado sobrevivir tres años en el puesto pese a ser el máximo dirigente cuando ocurrió el mayor fallo de seguridad de la historia de Israel, concurre de nuevo a las urnas en unos comicios que podrían marcar el final político del jefe de gobierno más longevo del país.
Aunque la fragmentación del sistema político israelí obliga a alianzas —a veces imposibles— para formar coaliciones, en la última década Netanyahu lideraba cómodamente las encuestas en intención de voto y era visto ampliamente como un líder fuerte y carismático. Para muchos, el único capaz de gobernar Israel. Pero esta vez, Bibi —el apodo con el que le llaman sus seguidores— no ha logrado pasar del segundo puesto en los sondeos electorales. A principios de año, se vio eclipsado por el retorno político del ex primer ministro Naftali Benet; pero desde finales de verano, quien parece probable que le dispute el cargo es el general retirado Gadi Eisenkot, al frente del partido de centro-derecha Yashar (Recto). Aunque ninguno parece capaz de atraer una mayoría suficiente para formar gobierno, lo que dará a los partidos árabes un papel bisagra importante.
La sombra de Netanyahu sigue siendo alargada y, como en las cinco elecciones que el país celebró entre 2019 y 2022, la política israelí se sigue estructurando en torno a la adhesión o no al primer ministro. El juego de alianzas se resume en el bloque pro-Bibi y anti-Bibi. Los partidos ultraortodoxos (Shas y Judaísmo Unido de la Torá) y la extrema derecha (Otzama Yehudi de Itamar Ben Gvir y Sionismo Religioso de Bezalel Smotrich) se sitúan en el primer bando; mientras que el segundo acoge a una amplia amalgama de partidos que van desde la derecha a la izquierda, unidos fundamentalmente por el deseo de expulsar a Netanyahu del poder y hacerle rendir cuentas por los fallos políticos, militares y de inteligencia que permitieron el 7 de octubre ante una comisión de investigación estatal, que el primer ministro lleva años eludiendo.
La losa del 7 de octubre
"Por encima de todo, estas elecciones son sobre el 7 de octubre, sobre la seguridad del Estado de Israel o sobre la necesidad de establecer una comisión de investigación que esclarezca lo ocurrido aquel fatídico día", resume la profesora de ciencias políticas de la Universidad Hebrea, Gayil Talshir.
Según el Instituto Israelí para la Democracia (IDI, por sus siglas en inglés), los atentados de Hamás del 7 de octubre, cuando 1.200 personas fueron asesinadas, son un factor determinante en la decisión de voto para más del 60 % de los israelíes. "El 7 de octubre es el marco en el que se desarrolla toda la discusión política en estas elecciones", explica Tamar Hermann, jefe de encuestas de IDI. Sin embargo, matiza: eso no es necesariamente malo para Netanyahu, quien tres años después sí ha sabido eclipsar los fallos de ese día con sus supuestos triunfos militares en Líbano contra Hizbulá y, finalmente, con el desarme de Hamás.
"Netanyahu sigue defendiendo su relato de que la cúpula militar no les despertó ese día, pero en cuanto lo hizo, emprendió una dura respuesta militar sobre Gaza que desembocó en esa guerra de los siete frentes. Sabemos que es una narrativa falsa —recientemente se ha desvelado que recibió avisos de Emiratos Árabes Unidos y de Egipto sobre los preparativos de Hamás para que ataque—, pero puede haber electores que le crean. Como buen líder populista, sabe cómo controlar el relato", argumenta Talshir.
La analista critica que ninguna de las siete guerras emprendidas por Netanyahu en estos tres años se ha sellado con acuerdos de paz, dejándolas abiertas —las tropas israelíes siguen en Gaza, en el sur de Líbano o en el Golán sirio— y que tampoco ha logrado la normalización de relaciones con Arabia Saudí, su mayor promesa electoral en política exterior. "No se han sumado a los Acuerdos de Abraham por culpa de su coalición supremacista mesiánica, que aleja cualquier acercamiento con el mundo árabe o los palestinos", señala.
Un gobierno "de reparación"
Gadi Eisenkot, ex jefe del Estado Mayor y cuyo hijo y sobrinos murieron en combate en Gaza, aspira a formar una coalición alternativa a Netanyahu, un gobierno de "reparación y reconstrucción", y ha edificado su campaña en torno a la depuración de responsabilidades por el 7 de octubre. También se ha comprometido a poner fin a la exención militar para los ultraortodoxos —una de las cuestiones que más polariza a la sociedad israelí e indigna particularmente a los laicos en tiempos de guerra— y a salvaguardar las instituciones democráticas. "Las elecciones más decisivas en la historia del Estado de Israel se plantean entre la evasión y el alistamiento; entre asumir responsabilidad o huir de ella", ha afirmado Eisenkot sobre las cuestiones básicas de estos comicios.
"Es un militar de perfil moderado. No lo vamos a escuchar hablar de la solución de los dos Estados y apoyó la respuesta militar sobre Gaza; pero está en contra de cómo se desarrolló la guerra, de la anexión de Cisjordania o la ampliación de los asentamientos", explica Talshir sobre Eisenkot.
En esencia, comparte ideario con la formación Beyachad (Juntos), de los ex primeros ministros Naftali Benet y Yair Lapid; Demócratas, la formación que busca revivir a la izquierda bajo el mando del exmilitar Yair Golan; y Yisrael Beitenu del exministro Avigdor Liberman, representante de la ultraderecha laica. "Tienen por delante una difícil misión pero crucial: atraer al votante tradicional del Likud cansado de Netanyahu", apunta la profesora de la Universidad Hebrea.
Aunque la suma de votos les favorece, la aritmética parlamentaria no está a su favor. Tampoco de Netanyahu. La bancada del cambio liderada por Eisenkot aglutina entre 52 y 56 escaños, según las últimas encuestas publicadas el viernes por las principales cadenas de televisión de Israel, con una cómoda ventaja sobre el bloque de Netanyahu, que se queda en 50 o 51 diputados. Sin embargo, ningún bando lograría la mayoría necesaria de 61 escaños que son necesarios para controlar una Kneset (Parlamento israelí) con 120 asientos. Los partidos árabes —Lista Conjunta y Ra'am— pueden sumar más que nunca, entre 14 y 16 parlamentarios, teniendo la llave de un eventual gobierno sin Bibi, pero de difícil encaje, especialmente después del 7 de octubre y la guerra en Gaza, que ha dejado más de 74.000 palestinos muertos.
Así quedaría la Kneset de Israel según las encuestas
Datos consultados el 23 de octubre, al mediodía
InfografíaRTVE Fuente: Promedio de encuestas recogido por Haaretz
"Van a ser unos comicios muy inciertos, en los que dos escaños arriba o abajo pueden ser determinantes. Los números van a ser fundamentales, pero parece claro que ningún bando tendrá mayoría para conformar una coalición estable, lo que podría llevar a otra ronda electoral", vaticina Shmuel Rosner, investigador sénior del Jewish People Policy Institute (JPPI) y analista para Kan, la televisión pública israelí.
La llave de los partidos árabes
Ante este escenario, la llave del gobierno la pueden tener los partidos árabes, que representan al 20 % de la población de Israel, descendientes de los palestinos que quedaron dentro de las fronteras del Estado de Israel tras su creación en 1948. El desapego hacia la política de esta comunidad, aquejada por décadas de abandono, discriminación, falta de oportunidades y un preocupante aumento de la criminalidad, ha hecho que su representación parlamentaria sea muy inferior a su peso demográfico. Pero este año, las encuestas arrojan una mayor participación.
"Lo que nos jugamos en las próximas elecciones es existencial", afirmó en un acto de campaña Yousef Jabareen, líder de la Lista Conjunta de partidos árabes, la cual adopta una postura menos conciliadora que el partido islamista Ra’am. "Debemos utilizar nuestro poder político para frenar el deterioro de la situación de nuestra comunidad", aseveró hace una semana en un mitín en Tel Aviv, del que tuvo que salir por la puerta de atrás para eludir una turba de manifestantes de extrema derecha.
El encaje de los partidos árabes en un gobierno de coalición es delicado. "Por un lado, ningún bando quiere depender de los partidos árabes, especialmente después del 7 de octubre. Por otro lado, el respaldo de estos partidos a un gobierno de Netanyahu es improbable, por no decir imposible, tras la guerra en Gaza; pero quizá sí pueden apoyar desde fuera una coalición alternativa. Ra'am se ha mostrado partidario", explica Rosner. La formación islamista moderada Ra'am, liderada por Mansour Abas, ya apoyó el 'gobierno del cambio' de Benet-Lapid que destronó a Netanyahu en 2021 durante un año e incluso, por primera vez en la historia para un partido árabe, integró el gabinete.
Para Gayil Talshir, la opción más probable es que Eisenkot trate de formar un gobierno en minoría, con el apoyo parlamentario sin integrar la coalición, de los partidos árabes, "una coalición al estilo Rabin". Pero matiza algo sobre el previsible aumento de la participación árabe: "Cuantos más escaños logren, menos probabilidades hay de que se unan a la coalición alternativa, ya que eso les dará un poder que ninguno de los partidos que la forman les quiere conceder". Podrían reclamar incluso ministerios.
¿Nuevas elecciones?
Pero, ¿qué pasaría si Eisenkot no logra granjearse el apoyo parlamentario externo de los partidos árabes? Los escenarios son variados, pero casi todos abocan antes o después a una nueva convocatoria electoral. Si ningún bando consigue formar gobierno en el plazo de 80 días que establece la ley.
Rosner considera que el bando liberal de Eisenkot debería a toda costa tratar de formar un gobierno en minoría, aunque sea endeble y dure poco. "Tendría el poder simbólico de expulsar a Netanyahu del poder", señala. "Sí parece claro que la bancada liberal tendrá una mayoría parlamentaria simple pero suficiente para controlar la agenda legislativa e impulsar la comisión de investigación sobre el 7 de octubre, una demanda social ineludible", opina.
Si el adelanto electoral se produce sin que Eisenkot forme gobierno, el ejecutivo en funciones seguirá en manos de Netanyahu, que ganaría así tiempo para pergeñar alguna de sus artimañas políticas para sostenerse en el poder. "Contra todo pronóstico ha sobrevivido estos tres años: no sólo sigue, sino que no se ha creado una mayoría política alternativa suficientemente amplia para desbarcarlo del poder", reconoce Rosner.
"Bibi lo tiene muy difícil, su mejor opción se limita a que el bando de Eisenkot no pueda formar gobierno", señala Talshir. "Creo que su Plan A, su mejor escenario, es mantenerse en el poder en funciones hasta una nueva convocatoria electoral", añade.
Existe, además, una tercera vía aún más improbable que la inclusión de los partidos árabes en una coalición: la creación de un gobierno de unidad nacional entre Netanyahu y Eisenkot, aunque el general retirado se ha mostrado contrario a esa posibilidad.
"Bibi puede tener un Plan B, que es ofrecer a Eisenkot un pacto de rotación al frente del ejecutivo, siendo primer ministro cada uno de ellos dos años", apunta Talshir sobre esta posibilidad que no es la primera vez que se plantea en la política israelí. Netanyahu lo hizo en 2019 con el centrista Benny Gantz —aunque nunca llegó a cederle el puesto— y Benet y Lapid pactaron bajo esta fórmula el 'gobierno del cambio' en 2021.
"Ante este escenario incierto y lo ajustado de los números, la aritmética será la clave. Solo se pueden hacer predicciones con las cifras sobre la mesa, después de la cita electoral del 27 de octubre", concluye Rosner.