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Rafael Azcona, el hombre que encontró en nuestras miserias una forma de querernos

  • Días de Cine emite un reportaje especial con motivo del centenario del gran guionista español

  • Sigue siendo un espejo incómodo y lleno de ternura: el de un país y unos seres humanos empeñados en salir adelante como puede

MARTA INGELMO (Días de Cine)
3 min.

Casarse con una anciana moribunda para heredar un contrato de alquiler de renta antigua. Ese era el disparate al que empujaba la falta de techo al protagonista de El pisito (1958). Décadas después, en plena crisis del acceso a la vivienda, la asfixia inmobiliaria imaginada por Rafael Azcona resulta dolorosamente reconocible. Su cine sigue retratando hasta dónde puede degradarse una persona corriente por conseguir cuatro paredes.

En sus historias no hay redención ni aprendizaje ejemplar. La vida continúa, con su hambre y sus pequeñas miserias, lejos de las narraciones en las que los culpables quedan identificados, las víctimas son impecables y los finales ponen cada cosa en su sitio. Azcona observó a los seres humanos sin concederles demasiadas excusas, pero también sin condenarlos. Encontró en el humor una forma de conocimiento y en quienes apenas aspiran a sobrevivir el material para retratar las contradicciones de toda una sociedad.

Antes de transformar el cine español, Azcona llegó a Madrid desde Logroño con la ambición de ser novelista y empapado de la vida de café y pensión. "Yo venía de la calle al cine, no venía del cine al cine", recordaba al evocar sus inicios. Comprendió enseguida que la pantalla no necesitaba héroes solemnes ni figuras extraordinarias. Fernando Trueba recuerda cómo el guionista le hacía reparar en los transeúntes para advertirle de que aquellas personas no se parecían a Cary Grant, sino a José Luis López Vázquez. Esa, y no otra, era la gente de la que quería hablar. Frente a las tramas idealizadas, Azcona encontró una fuerza narrativa inagotable en tipos corrientes que aspiran a un piso, a poder pagar una letra o a una silla de ruedas con motor para no quedarse atrás.

Esa lucidez alcanzó una de sus cimas junto a Luis García Berlanga. En Plácido (1961), la campaña navideña «Siente a un pobre a su mesa» convierte la caridad en una farsa de apariencias burguesas mientras el protagonista corre desesperado para pagar la letra del motocarro.

Rafael Azcona, en una imagen de 1999. EFE/JJ.Guillén

En El verdugo (1963), la pesadilla adquiere una dimensión aún más siniestra: José Luis no hereda el oficio de la muerte por inclinación sanguinaria, sino empujado por una sucesión de necesidades materiales. Hay que casarse, mantener a la familia y, sobre todo, conseguir una vivienda a la que difícilmente podría acceder de otro modo. La lógica es tan impecable como aterradora. Ahí reside la fuerza moral de Azcona: las estrecheces de la época no eximen a sus personajes de responsabilidad, pero tampoco los convierten en monstruos ajenos a nosotros. Por eso el escritor riojano rechazaba la etiqueta de "humor negro" y prefería definir sus historias como "tragedia grotesca". "Lo que es negra es la vida", recordaba. En sus películas, la risa no es un desahogo inocente, sino un fogonazo que, justo después de la carcajada, nos obliga a preguntarnos de qué nos estábamos riendo.

Quizá ahí resida el secreto de Azcona: en enseñarnos a reconocer lo peor de nosotros mismos sin dejar de reconocernos en los demás. Porque, incluso cuando sus personajes rozan lo grotesco, nunca dejan de ser humanos. Y acaso esa sea su forma más profunda de querernos.