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Menores no acompañados afrontan sin abogados sus procesos de expulsión de Estados Unidos

  • RNE entra en el tribunal de inmigración de Texas, donde muchos niños se sientan solos ante el juez

  • Carecen de representación legal porque el Gobierno ha retirado los fondos a las organizaciones que les ayudaban

MARÍA CAROU (ENVIADA ESPECIAL DE RNE A TEXAS)
4 min.

José tiene 16 años y vive en Texas desde los cuatro. Lleva varias horas sentado en un banco de la sala de vistas cuando el juez le llama por su nombre. Se levanta y se dirige a la mesa de la defensa. Se sienta. Él solo, sin un abogado a su lado. El juez le explica que está en el país de forma irregular y que solo podría evitar la expulsión si consigue que le concedan asilo, una opción que ahora mismo en Estados Unidos es casi imposible.

Mía Lissete tiene 12 años. Vestida con el chándal del colegio, responde al juez en voz baja y en inglés que su asignatura favorita son las matemáticas. Escucha cómo el magistrado le dice que debe informarle de cualquier cambio de domicilio en un plazo de cinco días y asistir a todas sus citas ante el tribunal de inmigración si no quiere ser expulsada del país. A ella sí la acompaña un abogado.

Juan Carlos, a través de un traductor, parece incapaz de dar muchos detalles al juez sobre su situación familiar o dónde están sus padres. Tiene 16 años y le acompaña en el tribunal un hombre mayor. El juez le pregunta quién es: "Es un amigo". Dónde le conoció: "En una tienda de llantas". Con quién vive: "Con él desde hace un mes". El juez se muestra preocupado porque un menor viva con un desconocido "que le dobla la edad". El fiscal pide que se le traslade a ‘custodia’. Finalmente, nada ocurre y Juan Carlos se va con su "amigo" hasta la próxima cita, dentro de un mes.

Por videoconferencia se conecta Melanie, de 17 años, quien dice que se rinde y que ya ha comprado el billete de autobús para volver a México, donde vive su familia. Una abogada la representa en la sala y deja claro que tiene ganas de terminar con el caso. "No estoy cobrando", dice.

La deportación masiva de inmigrantes en EE.UU. afecta cada vez más a los menores

Llegaron solos o los separaron de sus padres

Estos son solo cuatro casos de una mañana en el tribunal de inmigración de Harlingen, en Texas: menores sentados ante el juez que afrontan un posible proceso de expulsión de Estados Unidos. Algunos llegaron solos al país; otros fueron separados de sus padres. Muchos acuden sin abogado porque la Administración Trump terminó con la financiación de las ONG que antes les ayudaban y asesoraban legalmente.

"El cambio es del cielo a la tierra, tanto para nosotros, que brindamos este servicio, como para la población que atendemos", explica a RNE Roberto Reyes-Pérez, abogado de ProBar, una de esas organizaciones.

“No tienen conocimiento de lo que está pasando“

Nos explica que no solo son adolescentes, sino también niños pequeños los que se enfrentan a esta situación. "Ellos están ahí jugando con su muñequita, con su avioncito. Ellos no tienen conocimiento de lo que está pasando, no tienen noción de las consecuencias que esto tiene".

Es un proceso complicado para esos niños, sentados ante un juez que les dice que pueden ser expulsados del país. "Es fuerte hasta para el que tiene representación. El nivel de estrés y ansiedad que tienen es fuerte", dice Roberto Reyes-Pérez.

Fata de tiempo y dinero

A ello hay que sumar dos problemas más: la falta de tiempo y de dinero. Los plazos se han acortado, los jueces afrontan muchos más casos y la Administración exige respuestas más rápidas. "Sus fechas de corte están siendo adelantadas y eso les crea un estrés adicional. Es sumamente complicado", explica Roberto Reyes-Pérez.

“Los chicos no tienen forma de pagar las tarifas para someter una apelación“

En cuanto al dinero, cada recurso, cada formulario que se presenta durante el proceso judicial cuesta "mucho". "Y los chicos no tienen forma de pagar las tarifas para someter una apelación", relata Reyes-Pérez.

"Es una tristeza meter a los niños en un sistema así. Eso no está bien", dice David Ayala a la puerta del tribunal. Ahora ejerce como abogado, pero antes fue juez de inmigración en esta misma corte de Harlingen. Explica a RNE que nunca había visto nada así.

En la puerta del tribunal, tras hablar con el magistrado, José, con quien empezábamos esta historia, cuenta que esta era su quinta vez ante el juez, que es originario de México, pero que sus padres le trajeron cuando tenía cuatro años. También nos cuenta que no le gusta la escuela. Otra cosa es hablar de fútbol, ahí le sale la sonrisa. "Juego de delantero", dice. Su situación es anómala, pero sus preocupaciones y gustos son como los de tantos otros adolescentes.