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Julian Barnes defiende a Sally Rooney en Oviedo: "No apoya el terrorismo, solo a Palestine Action"

  • El escritor británico, Premio Princesa de las Letras, recogerá el galardón este viernes en el Teatro Campoamor

  • "Sigo pensando que la literatura es la que cuenta la verdad humana, la del corazón y el espíritu”, defiende

Esteban Ramón
4 min.

“Ya no recuerdo lo que he dicho esta mañana”. Julian Barnes luce apariencia serena, pero reconoce que la agenda de los Premios Princesa de Asturias lo confunde. El ganador del Premio de las Letras llegó a Oviedo el lunes, ayer mantuvo un encuentro ante 2.000 estudiantes (“parecía una reunión del Partido Comunista Chino por la cantidad de gente”, dice), y este miércoles seguía atendiendo preguntas. Optimismo melancólico y un pesimismo alegre, decía el fallo del jurado, y de todo ha hecho gala en la rueda de prensa desgranando sus ideas sobre literatura y geopolítica.

Son 45 años de novelista de ficción los que lo han llevado a Oviedo. “Cuando empecé no sabía ni que existían los lectores. Vendía unos cientos de copias y ya está”, recuerda antes de relatar cómo comprendió el poder de la literatura: “Estaba en un viaje a China y una mujer alemana, 20 años mayor que yo, me dijo que lo que había leído en mi libro era lo que ella había experimentado. Me pareció maravilloso que las experiencias de un adolescente inglés puedan tener su eco en una mujer de la Selva Negra”.

Y son 45 años ya clausurados, sin vuelta atrás, tras la publicación este año de Despedidas. “Mucha gente no me cree, porque como escribo ficción creen que me lo estoy inventando. Lo he dicho muy claramente: es mi libro final. Empecé en 1980 y he escrito 15 novelas. He tocado todas las notas que puedo tocar y no quiero ser el tipo de escritor que cada vez escribe historias más débiles”, zanja. Eso sí, continuará escribiendo sobre arte “siempre que las revistas quieran publicarme”.

Julian Barnes no rehúye sino que agradece las preguntas políticas. Este mismo miércoles su firma aparecía, junto a la de más de 150 personalidades de la cultura británica, en un texto de apoyo a la escritora irlandesa Sally Rooney, cuyos libros dejaron de distribuirse en el Reino Unido debido a su respaldo a la organización Palestine Action, prohibida en el país. “Rooney no ha hecho ni dicho nada ilegal en Irlanda, pero debido a la legislación británica no se le puede dar dinero por sus libros porque consideran que apoyan al terrorismo. No apoya al terrorismo, apoya a Palestine Action”, ha defendido.

Hace tiempo que se define más de izquierdas, pero porque el centro se ha desplazado a la derecha. “Es difícil no estar preocupado. En 1984, de George Orwell, había tres bloques de poder autoritario y ahora tenemos a China, Estados Unidos y Rusia, que están dirigidos por autócratas que no respetan las normas democráticas. Y también queda saber si vamos a tener más gobiernos autoritarios en Europa. Hemos perdido el de Hungría, pero tenemos otro en Rumanía. Y a la derecha le va muy bien en Francia. No soy optimista”.

Al menos una brizna de optimismo sí que asoma al hablar de su país. “El Brexit ha sido un desastre económico, político y moral. Los últimos 10 años han sido deprimentes. Me temo que no volveré a ver al Reino Unido en Europa. Estoy contento de que ahora un primer ministro diga que hay que establecer vínculos con Europa. En los últimos años mucha gente joven no quiere estar tan lejos. Soy más optimista. Dependerá de los europeos. Normalmente, tras un divorcio el primer instinto es decir no. Espero que no sea una buena analogía”.

Sin enumerarlos, el fallo del Premio Princesa de Asturias de las Letras resaltaba a Julian Barnes dentro de una camada que incluye a Ian McEwan, Martin Amis, Kazuo Ishiguro o Salman Rushdie, definiéndolo como una mirada “singular” dentro de una generación que “ha marcado la literatura contemporánea”.

El autor de El loro de Flaubert ha rescatado una anécdota para vindicar el valor de la literatura. “Cuando tenía 15 años iba a la escuela en el metro de Londres, desde el extrarradio hacia el centro. Una vez a la semana teníamos que ir vestidos de cadetes, de soldados, porque teníamos una hora en la que desfilábamos y salíamos al campo a hacer ejercicios militares, a arrastrarnos. Todo muy ridículo. A la hora de la comida, sacaba mi libro, Crimen y castigo. La historia de un estudiante ruso que asesinaba a una mujer en el siglo XIX en Rusia formaba parte de la vida, mientras que representar a un soldado en una guerra era la irrealidad total. Sigo pensando que la literatura es la que cuenta la verdad humana, la del corazón y el espíritu”, concluye.