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Ghibli y la emoción animada

  • El legendario estudio japones recibe el Princesa de Asturias por sus historias llenas de sensibilidad, fantasía y mensajes ecológicos

  • A lo largo de cuatro décadas ha creado un estilo propio de dibujo artesano que conecta con todas las edades

REBECA AUGUSTO (Informe Semanal)
10 min.

Sesión matinal de un sábado en un cine del centro de Madrid. En la cartelera, junto a los últimos éxitos de taquilla, como La bola negra o La odisea, se ha colado El viaje de Chihiro, una película japonesa de animación en versión original. Han pasado veinticinco años desde su estreno y, aun así, no queda una butaca libre. Entre el público hay grupos de jóvenes, adultos y personas mayores. Nada que ver con la típica imagen de cine familiar que cabría esperar de una sesión de dibujos animados. Son distintas generaciones de espectadores que hoy redescubren la aventura de una niña atrapada en un mundo habitado por espíritus.

La escena resume por qué Studio Ghibli ha calado tan hondo en públicos tan diversos: sus películas parecen cuentos fantásticos, pero hablan de emociones en las que todos nos reconocemos: la amistad, la pérdida, la nostalgia ante un mundo que cambia o el miedo a crecer. Como le dicen a Chihiro en la película: «Nada de lo que sucede se olvida jamás, aunque tú no puedas recordarlo». El cine de Ghibli se queda con nosotros aunque no sepamos explicar por qué.

Esa capacidad para emocionar a espectadores de distintas edades y culturas es la razón por la que Ghibli recibe el próximo 23 de octubre el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Aprovechando el tirón del premio, en Informe Semanal hemos querido rendir homenaje al legendario estudio japonés y descubrir qué hace que sus películas sean tan especiales.

Heidi, Marco y Ana de las Tejas Verdes: Ghibli antes de Ghibli

Mucho antes de que el nombre de Ghibli nos empezara a sonar, su manera única de emocionar ya llegaba a nuestros hogares cada tarde a través de la televisión. Heidi (1974) o Marco (1976), las series que marcaron nuestra infancia y nos hicieron derramar más de una lágrima, fueron la escuela en la que Isao Takahata y Hayao Miyazaki forjaron su talento. Detrás de las aventuras de aquella huérfana suiza en los Alpes y del periplo de un niño italiano en busca de su madre estaban estos dos amigos y animadores, que durante los años setenta desarrollaron buena parte de su carrera en las exitosas producciones de Nippon Animation.

Heidi (1975), la serie dirigida por Isao Takahata antes de fundar Studio Ghibli

"Para el público español supuso el primer gran contacto con la estética del anime", recuerda Raúl García, veterano director de cine de animación y admirador del trabajo de Miyazaki. "Heidi, Marco, Ana de las Tejas Verdes… No solo eran dibujos muy amables, con una inocencia increíble y un appeal visual muy potente", explica. "También, aunque fuesen folletines de cien mil capítulos, estaban narrados increíblemente bien". Aquellas series ya "marcaban el tono, la temática, la cadencia que luego mostrarían sus películas, el gusto por la naturaleza y por ese ritmo sosegado", señala Marta García Villar, profesora de narrativa audiovisual y divulgadora de la obra de Ghibli, "hasta el punto de que estas series son referentes míticos para un montón de generaciones".

Tras curtirse en aquellas producciones televisivas, en 1985 Takahata, Miyazaki y el productor Toshio Suzuki fundaron Studio Ghibli bajo unas reglas estrictas que siempre han mantenido: se centran en películas para la gran pantalla, no hacen secuelas y anteponen la calidad al negocio. Menos títulos, pero más cuidados, una filosofía poco habitual en la industria audiovisual. El nombre del estudio también encierra una declaración de intenciones. Ghibli hace referencia a un avión italiano de la Segunda Guerra Mundial y a un viento cálido del desierto. Miyazaki quería que su estudio trajera nuevos aires al mundo de la animación. Y vaya si lo consiguió.

Personajes con sombras y heroínas sin estereotipos

Frente a las fórmulas convencionales de la animación occidental, Ghibli reivindica otras historias y otra manera de contarlas. Lo sabe bien Raúl García, el primer animador español que trabajó en Disney y que participó en clásicos como El rey león, La bella y la bestia, Pocahontas o Aladdín. «Los temas de los que nos habla son totalmente adultos y diferentes del mundo del cuento de hadas al que estamos acostumbrados en la animación tradicional», explica. En el cine de Ghibli no todo es blanco o negro, abundan los matices y los finales no están nada edulcorados. "Sus películas no son maniqueas, en el sentido de que no hay un malo malísimo y un bueno buenísimo. Todo el mundo tiene esas sombras de humanidad: tienen personalidad, dudas, sufren y se enfrentan a un mundo en el que ya no hay el malvado de turno", señala García.

'La princesa Mononoke' (1997), de Hayao Miyazaki. ©Studio Ghiblic

No hay héroes ni villanos como tal, ni princesas en apuros. Mucho antes de que Disney o DreamWorks comenzaran a alejarse de ese estereotipo, el estudio japonés ya situaba a las niñas y las mujeres en el centro de sus relatos. Como destaca Marta García Villar: "Sus personajes femeninos son fuertes, valientes y decididos, no están nada sexualizados ni están dirigidos a encontrar un amor romántico". Basta recordar a San, la joven criada por los lobos en La princesa Mononoke; a Nausicaä, que intenta proteger su mundo en Nausicaä del Valle del Viento; a la propia Chihiro o a Sophie, de El castillo ambulante. En Ghibli, las chicas pelean por salvar la naturaleza, a su familia o simplemente por superar sus miedos.

Naturaleza, pacifismo y la obsesión por volar

Y sí: en sus películas también hay brujas, magos y criaturas fantásticas, pero todo está al servicio de unos temas que tampoco son los habituales en el mundo de la animación. El más evidente —y casi omnipresente en todas las historias de Ghibli— es el conflicto entre los humanos y la naturaleza, casi un personaje más. "Yo creo que Ghibli era ecologista antes de que esta palabra se pusiese de moda", apunta el cineasta Pablo Berger, devoto del estudio japonés. Basta recordar Mi vecino Totoro (1988) o Pom Poko (1994), donde unos mapaches luchan por salvar su bosque. "Elamor a la naturaleza es fundamental en su cine y entronca con la cultura japonesa, el budismo y el sintoísmo", explica Berger.

El antibelicismo (Miyazaki y Takahata crecieron en el Japón de posguerra) es otro de los temas recurrentes del estudio: desde los dos mundos en conflicto de El castillo ambulante (2004) —que Miyazaki decidió poner en marcha como crítica a la guerra de Irak— hasta el trauma bélico de El chico y la garza (2023) o La tumba de las luciérnagas (1988), el filme de Isao Takahata sobre dos hermanos huérfanos que luchan por sobrevivir tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial; una de las películas que, en palabras de Berger, «mejor han retratado el horror de la guerra".

'La tumba de las luciérnagas' (1988), de Isao Takahata. ©Studio Ghibli

Pero si algo delata a Miyazaki en cada plano es su obsesión por despegar del suelo. Hijo de un fabricante de piezas para aviación, el cineasta encuentra la forma de meter secuencias de vuelo en casi todas sus obras. Ya sea sobre el lomo de un dragón, como Chihiro, con un hidroavión en Porco Rosso (1992) o sobre una escoba. Berger recuerda esa escena de Nicky, la aprendiz de bruja en la que la protagonista recupera la capacidad de volar para salvar a su amigo Tombo: «Nadie ha hecho secuencias de vuelo con la perfección y con la magia que lo ha hecho Ghibli».

El hito de El viaje de Chihiro y el valor de lo artesanal

En cuatro décadas, el estudio ha producido 24 largometrajes y varias obras maestras. Pero pocas películas resumen tan bien su universo como El viaje de Chihiro. Una Alicia en el país de las maravillas a la japonesa sobre una niña atrapada en un mundo sobrenatural que debe madurar y vencer sus miedos para salvar a sus padres y a sí misma. Fue la primera película de animación que ganó un gran festival de cine (el Oso de Oro en Berlín) y la primera película de animación de habla no inglesa que ganó el Oscar. Estrenada en 2001, en plena edad de oro de Pixar y la animación en 3D, Chihiro demostró que el dibujo tradicional también podía conquistar al mundo.

'El viaje de Chihiro' (2001), de Hayao Miyazaki. ©Studio Ghibli

Esa forma de dibujar es, precisamente, una de las señas de identidad de Ghibli. El jurado del Premio Princesa de Asturias ha destacado su proceso artesanal: películas construidas a partir del trazo humano, siempre en dos dimensiones. Aunque hoy los animadores trabajan con tabletas gráficas, como explica Raúl García, el cuidado del dibujo sigue siendo fundamental. "Miyazaki no tiene ningún reparo en coger una escena que no le gusta y rehacerla él mismo", explica. Como ejemplo más extremo de esa filosofía de trabajo queda Ponyo en el acantilado (2008), la película de animación con más fotogramas pintados a mano de la historia (170.000). El director decidió cerrar temporalmente el departamento de animación digital (CGI) de Ghibli para obligar a que todo el largometraje se realizara 100 % mediante dibujo tradicional. Quería que el mar fuera como un personaje con vida propia, algo que, según él, la animación por ordenador jamás podría lograr.

'Ponyo en el acantilado' (2008), de Hayao Miyazaki ©Studio Ghibli.

La obsesión por el detalle es lo que hace que los mundos fantásticos de Ghibli nos resulten creíbles. El propio Raúl García aplicó esa lección durante el desarrollo de su última película, La violinista (2026): "Desde el peso que tiene un objeto al cogerlo hasta la tensión en las manos al tocar un instrumento, todo debe responder a una lógica física para que el espectador no desconecte". También Pablo Berger miró a Ghibli cuando se lanzó a la animación con Robot Dreams (2023), nominada al Óscar el mismo año que El chico y la garza, de Miyazaki, que finalmente se llevó el premio. "Robot Dreams es una carta de amor a Studio Ghibli", confiesa el cineasta. "Analicé de forma concienzuda las películas de Ghibli para ver qué es lo que las hace únicas", lo que le convenció de que tenía que apostar por el dibujo en 2D. "Tiene algo más físico, se siente la mano del dibujante en cada fotograma y esa imperfección es lo que lo hace más cercano".

Aquel viento cálido que empezó a soplar en los ochenta terminó cambiando las reglas de la animación contemporánea. Demostró que el dibujo no es un género infantil, sino cine en mayúsculas: un arte capaz de conmover y emocionar al mismo nivel que cualquier película con actores de carne y hueso. Quizás ese sea el mayor logro de Ghibli: crear, como resume Pablo Berger, "un cine que abraza a quien lo mira".

Y para terminar... cinco curiosidades en torno a Studio Ghibli:

· El viaje de Chihiro ha sido durante veinte años la película más taquillera de Japón (solo superada en 2020 por Guardianes de la noche: El tren infinito, otro anime).

· Ghibli ha diseñado algunos de los seres sobrenaturales más carismáticos del cine: el achuchable Totoro, el enigmático Sin Cara de El viaje de Chihiro, el pícaro Cálcifer de El castillo ambulante, o los Kodama de La princesa Mononoke.

· Miyazaki ha anunciado su retirada como director de Studio Ghibli en siete ocasiones, aunque siempre ha terminado regresando para crear nuevas películas.

· Ghibli quiso adaptar al cine Pippi Calzaslargas, pero la autora sueca Astrid Lindgren se negó porque no le gustaba el anime.

· John Lasseter, fundador de Pixar, es fan incondicional de Ghibli. Tanto, que Totoro hace un cameo en Toy Story 3.