"Algún día arderán las calles de Europa". Lo dijo, en medio de la crisis económica del 2008, Jean-Claude Juncker, primer ministro de Luxemburgo entonces y, entre 2014 y 2019, presidente de la Comisión Europea. Se refería a las consecuencias de las políticas de austeridad impuestas por Alemania que han cambiado todo el continente con graves y negativas consecuencias para el Estado de Bienestar y los servicios públicos.
Lo que entonces parecía una boutade de las que tanto disfrutaba el heterodoxo y bromista Juncker se está haciendo realidad ahora en varios países socios y, muy especialmente, en Francia. Allí la protesta y las manifestaciones en las calles son parte de la tradición democrática. Pero ahora se suman dos elementos nuevos. Uno: la inquietud y la humillación sentidas por muchos ciudadanos que han visto caer en picado su calidad de vida y su capacidad adquisitiva en los últimos años ante la impasibilidad de la clase política. Dos: La decepción causada por un Emmanuel Macron, quien, especialmente en su segundo mandato, ha mostrado una distancia —cuando no pasividad— considerable frente al malestar creciente de su pueblo.
Lo describe así su exmentor, Alain Minc: "Macron desprecia al 75% de la gente y se siente celoso del 25% restante". Se vio ya en la crisis de los chalecos amarillos, que intentó remediar a posteriori a base de foros de encuentros por todo el país con el lema je vous écoute (os escucho). Pero, como afirma el historiador francés Pierre Rosenvallon, los gobiernos en general tienen dificultades para gestionar las ansiedades que experimentan a diario sus ciudadanos, y que van creciendo con la inestabilidad mundial. Si a esto se une un Jefe del Estado francés totalmente desacreditado, al final de su mandato, con un gobierno débil y que ha tenido que imponer recortes en sectores esenciales como la educación o la seguridad pública y en medio de un ambiente generalizado de rabia, impotencia y violencia tenemos el clima perfecto para el caos de estos días.
Agitadores de diferentes tipos
Lo que empezó como protestas estudiantiles contra la falta de profesores, el estado lamentable de muchos establecimientos escolares, la violencia (40 directores de institutos agredidos en las últimas semanas) se ha transformado en una movilización ciudadana en la que hay, desgraciadamente, muchos "infiltrados". Y son ellos los que están intentando desacreditar unas reivindicaciones legítimas. Como se ha visto en ocasiones y años anteriores, existe un colectivo transnacional, el "Black Block" surgido en la antigua Alemania Occidental con motivo de la lucha antinuclear, que practica el "turismo de disturbios". La sucursal francesa son los casseurs (los alborotadores, los que causan destrozos), que se inscriben en ese anarquismo que en España conocemos bien. Se trata de atacar al Estado, a la autoridad y a las Instituciones, y también al "Capitalismo" y a quienes lo apoyan y sustentan: bancos, grandes empresas.., y una burguesía vista como colaboradora necesaria del Sistema. Olvidan que esa burguesía o clase media es cada vez más precaria por las políticas neoliberales de los últimos años.
Junto a los casseurs actúan "los que pasaban por allí" procedentes de barrios humildes, de banlieus o del mundo de la delincuencia común, que siguen por redes sociales los llamamientos a concentrarse en determinados lugares y que aprovechan para asaltar tiendas y robar lo que se pueda. Los hemos visto incluso en medio de terremotos o de desastres naturales. Se vive así una "orgía de adrenalina" que, además, se puede filmar y colgar en las redes, en una especie de "justicia redistributiva" en la que los delincuentes se presentan como vengadores y también como primera línea de batalla frente a unas fuerzas de seguridad desbordadas y que no están preparadas para este tipo de guerrillas urbanas.
Un regalo para Marine Le Pen
¿A quién beneficia este embrollo? Obviamente a los partidos "de ley y orden". A la Agrupación Nacional de Marine Le Pen, y, sobre todo, a su delfín Jordan Bardella, muy afectado por las últimas revelaciones sobre su inclinación antisemita y cuyo escándalo privado pasa ahora a un segundo plano. No es descartable, además, que simpatizantes lepenistas se sumen a esos disturbios para aumentar la violencia y desacreditar aún más al gobierno. En esta misma línea de desprecio a Macron, los dirigentes de la Agrupación Nacional ya han anunciado que no acudirán al Elíseo para estudiar con el resto de partidos y el Jefe del Estado una salida a la presente crisis. Es el principio de la confrontación total, de la autoafirmación de una extrema derecha que se ve ya controlando el país y entronizada dentro de siete meses.
Marine Le Pen aprovecha, como el resto de sus colegas europeos de la derecha radicalizada y ultranacionalista, para buscar culpables. Y no lo es tanto el capitalismo ultraliberal como los inmigrantes, esa política de apertura de fronteras que ha llenado Europa, según ellos, de indigentes y musulmanes que están acabando con los recursos destinados a los franceses de verdad. Nadie parece cuestionarse en estos partidos cómo responder al desencanto de los electores, su cansancio ante tantas promesas incumplidas, su deseo de un futuro mejor para sus hijos. Recurren a esas fórmulas tan antiguas como las banderas, el orgullo nacional y el soberanismo como solución a todos los problemas y reciben, de tapadillo, apoyo logístico y financiero de países antidemocráticos como Rusia o la Internacional de Ultraderecha.
Las calles van a seguir ardiendo en Europa. Los partidos tradicionales están perdiendo la batalla. Emmanuel Macron se ha ido a 4.000 kilómetros de distancia para conseguir en Kuwait petróleo más barato. El viaje,que incluye otros países del Golfo, estaba previsto, pero la ausencia es significativa. Es un muerto en vida en un país revolucionado y que parece dispuesto a dejarse gobernar por una Marine Le Pen cada vez más "normalizada". El incendio va a continuar.