María González Acosta lleva en la Puerta del Sol de Madrid desde los primeros días de la acampada. Desde la plaza madrileña, esta joven historiadora y activista contempla una indignación juvenil global que responde a luchas y malestares compartidos en Europa y el mundo.
Para González Acosta, "confluyen porque estamos en un momento de explosión". "No estamos en un momento coyuntural de algo que solo está sucediendo en España, sino que lo estamos viendo en el resto del territorio, no solo europeo, sino también latinoamericano. Por un lado, estamos viviendo una ola reaccionaria con una pérdida de derechos que se va a ver materializada en los próximos gobiernos. Y por otro, están las guerras, la inflación, la problemática de la vivienda... Es una cuestión material: la gente ya no puede vivir. Y no solo pasa aquí en España, sino que pasa en el resto del mundo, y son los jóvenes quienes están empezando a dar esta batalla porque vamos a ser los más perjudicados", argumenta.
En Francia protestan desde hace dos semanas los estudiantes de secundaria; en Bélgica, se alían con funcionarios y sindicatos. La movilización no solo comparte causas materiales, como el encarecimiento de la vida o la turistificación que asfixia a las grandes capitales europeas, sino que se contagia en directo a través de las redes sociales y canales de organización transnacional.
Universitarios de Italia se han unido este viernes a esta ola de indignación inspirada en Francia con protestas en todo el país bajo el lema "El día de no a Meloni"; y en Oporto, la acampada por la vivienda a imagen y semejanza de la de España, fue anoche levantada por el riesgo de infiltración de grupos de extrema derecha, pero mantienen las protestas. Más al este, en Albania, el movimiento estudiantil de protesta literalmente hizo arder las calles este jueves al prender fuego a la sede del Ministerio de Educación en Tirana, además de protagonizar duros enfrentamientos con la policía.
La historiadora María González Acosta lo explica: "Si surge algo en un lugar, eso se expande como la pólvora porque compartimos la misma situación. Las redes sociales nos nutren: ves las manifestaciones de los chavales en Francia o las acampadas que se están dando ahora en Portugal, y eso te demuestra que tú también lo puedes hacer. Obviamente hay una confluencia y sí, ahora mismo tenemos relaciones, diálogos constantes y nos estamos organizando internacionalmente a nivel sindical, estudiantil y asociativo".
La profesora de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid Máriam Martínez-Bascuñán señala que la clave no es estacional, sino estructural: la ruptura del pacto intergeneracional y la incapacidad de proyectarse a futuro.
Para ella, "hay un efecto contagio evidente que no es la primera vez que se produce —ya lo vimos en 2011 con la plaza Tahrir, el 15-M o Occupy Wall Street—, pero, sobre todo, este contagio tiene una base común: hay una generación de jóvenes incapaz de proyectar un porvenir. Esto tiene que ver con la ruptura de la promesa democrática, con la idea de que te vas a esforzar y vas a tener un lugar en el mundo".
"Tanto en Francia como en España, las dos puertas de acceso a esa vida adulta tienen que ver con la educación y con la vivienda. No estamos ante un movimiento estacional; las cifras vienen de lejos. Hay un descontento que no tiene que ver tanto con la pobreza como con la incertidumbre, con esa sensación de estar perdiendo el lugar en el mundo", añade.
Certezas como el derecho a la vivienda o a la educación: es lo que se pide en Madrid, Bruselas o Roma frente al inmovilismo de las instituciones tradicionales.
"Frente al riesgo de que la ultraderecha canalice este descontento señalando a un enemigo o a un culpable, tenemos a unos jóvenes que están tomando las calles en movimientos deliberativos, democráticos, performativos, muy interesantes, que están diciendo también a las instituciones que no encuentran un lugar en el mundo. Hay mucha energía democrática en los jóvenes y las instituciones deben ser muy responsables para escucharles, porque la indiferencia sería un síntoma de decadencia", indica Martínez-Bascuñán.
La brecha entre la ciudadanía y el sistema político no es solo una percepción de calle. Según los últimos datos del Eurobarómetro, más de la mitad de los europeos ya no confían en el funcionamiento de la democracia continental ni en sus parlamentos nacionales. Y los que menos creen son precisamente los jóvenes, volcados a las calles en busca de sus propias respuestas.