Oriol tiene 28 años y fue uno de los primeros en instalar su tienda de campaña en la Puerta del Sol, de Madrid, la noche del sábado 26 de septiembre, una acción organizada por el Sindicato de Inquilinas para protestar contra del desahucio de Maricarmen y las políticas actuales que no están evitando las subidas en los precios de la vivienda.
"Ya tenía experiencia en este tipo de acciones", explica el joven, perteneciente al colectivo Acampada por Palestina, un movimiento estudiantil que se manifestó en contra del genocidio en Gaza hace dos años en la Universidad Complutense. Está aquí por muchas razones, pero entre ellas porque dedica "gran parte de mi sueldo a pagar el alquiler en Madrid" y, si la situación no cambia, sabe que está condenado a compartir piso para siempre.
La voces: Acampada en Sol - Oriol
Samantha Hudson en la acampada de sol: "Tenía que hacer algo más"
No muy lejos de Oriol se encuentra la artista Samantha Hudson, "sentada en mi porche", bromea frente a su tienda de campaña. Ella misma es consciente de su papel mediático: "Soy experta en señalar a los responsables, pero tenía que hacer algo más, así que me vine a acampar". Lleva desde la noche del domingo, cuando participó, junto a otras personalidades, en un festival improvisado en Sol.
Las voces: Acampada en Sol - Samantha Hudson
Aunque en el 15M tenía 11 años, Samantha Hudson bien los orígenes del movimiento que reclamaba, entre otras cuestiones, acabar con la corrupción política y ve algunos parecidos con la acampada de 2011. "Creo que ahora hay un movimiento más claro: un problema de la vivienda estructural que tiene que cambiar, pero no nos vamos a conformar con medias tintas", sentencia la artista. Se refiere al real decreto de vivienda, ya conocido como el 'Decreto Maricarmen', las medidas que pide el Sindicato de Inquilinas para frenar esta crisis y que hoy se abordará en el Consejo de Ministros.
Arancha: "Yo tengo suerte, tengo un hogar, pero tengo que estar aquí"
La que sí vivió la primera acampada histórica que tuvo lugar en la Puerta del Sol fue Arancha, una madrileña de 49 años, profesora de karate y autodefensa feminista. "Esta vez me pilló volviendo en tren a Madrid, no me lo pensé, agarré mi tienda y me vine para acá", cuenta desde el corazón de la plaza, bajo uno de los toldos improvisados que le protege de la lluvia. Confiesa que le pone los pelos de punta recordar el 15M y siente que gracias a aquella experiencia han mejorado en esta acampada. "Ahora se ha organizado mucho más rápido, sabemos lo que hay que hacer y cómo hacerlo". Arancha reconoce su suerte, "tengo un hogar que no peligra, pero muchas amigas y conocidas, no, siento una responsabilidad enorme, aquí tenemos que estar todas".
Las voces: Acampada en Sol - Arancha
Irene: "Mi familia está orgulla de mi porque esto es importante"
"A mí casi no me quedaba otra que acampar siendo miembro del Sindicato de Inquilinas", se ríe Irene, de 21 años. Se unió a la plataforma hace un año y medio, en el nodo de Torrejón, ciudad en la que reside junto a sus padres. "Estudio en la otra punta, en Somosaguas, y me hago cuatro horas de transporte público todos los días porque no puedo vivir más cerca. A mí la crisis de la vivienda también me afecta", cuenta. Confiesa que ha perdido la cuenta de los días que lleva durmiendo en el suelo. Antes de hacerlo en Sol, estuvo en la acampada que se realizó para parar el desahucio de Maricarmen, que ahora está cerca de volver a su casa tras el acuerdo alcanzado con Urbagestión, la empresa propietaria del piso en el que la mujer de 87 años llevaba vivienda desde hace 70. "Mi familia está orgullosa de mí, esto es importante", celebra Irene, emocionada desde el kilómetro cero de Madrid.
La voces: Acampada en Sol - Irene
Rufina: "A mi me echaron como si fuera un saco de patatas"
Quien también conoce de primera mano las dificultades para acceder a una vivienda es Rufina Parra, una mujer migrante de 56 años que se dedica al sector de los cuidados. Actualmente está sin trabajo, aunque lleva dos años afiliada y militando en el Sindicato de Inquilinas. Su historia está marcada por lo que define como un "desahucio encubierto": no llegó a vivir un desahucio como tal, pero, según cuenta, el propietario decidió no renovar su alquiler y la expulsó de la vivienda después de haber pagado durante años la hipoteca con sus rentas.
Las voces: Acampada en Sol - Rufina
"Yo no sufrí un desahucio como el de Maricarmen. A mí simplemente me pidieron la casa y me echaron como si fuera un saco de patatas", relata. Ante la imposibilidad de asumir las condiciones que se le planteaban para continuar en la vivienda, Rufina se vio obligada a volver a un mercado del alquiler que describe como "represivo, corrosivo e impresionante", una situación que, asegura, terminó afectando también a la salud de su familia.
Ruth: "Es asfixiante pagar 475 euros por una habitación"
A sus 21 años, Ruth ya sabe lo que significa que la vivienda condicione la vida de una persona. Trabaja como camarera, estudia audiovisuales y actualmente alquila una habitación en Carabanchel por 475 euros al mes. Forma parte de la Asamblea de Vivienda de Villalba y el sábado llegó a la Puerta del Sol directamente desde la manifestación, junto a otras asambleas de vivienda de Madrid.
Las voces: Acampada en Sol - Ruth
"Pago 475 euros por una habitación y es asfixiante", cuenta. Esa realidad, explica, fue una de las razones que la llevó a acercarse al movimiento por la vivienda. Durante mucho tiempo sintió la frustración de muchos jóvenes al ver cómo el problema crecía a su alrededor sin saber qué podía hacer para cambiarlo. Hasta que encontró en redes sociales la Asamblea de Vivienda de Villalba y decidió implicarse.
Bruno: "No podemos quedarnos de brazos cruzados"
Cuando Bruno llega a la Puerta del Sol, no lo hace por primera vez. Tiene 21 años, forma parte del Sindicato de Estudiantes y ha venido a tomar el relevo de sus compañeras, que llevan acampadas desde que terminó la manifestación y la protesta se convirtió, de manera espontánea, en una acampada. "Llevamos aquí desde el principio", explica.
Las voces: Acampada en Sol - Bruno
Para Bruno, la vivienda se ha convertido en una de las principales preocupaciones de su generación. "Es algo crítico, algo vital para nosotras y por lo que queremos luchar y defender", asegura. Lo ve cada día entre sus compañeros de universidad: jóvenes que comparten piso porque no pueden asumir otra opción, que tienen que vivir lejos de sus facultades o que pasan más de una hora diaria en transporte público para poder acudir a clase. "Nadie se puede permitir una residencia. Compartimos piso como buenamente podemos", cuenta. Por eso rechaza el discurso de que la juventud se está acercando mayoritariamente a la extrema derecha. "Ese es un discurso que nos están intentando colar, que nos están intentando vender", sostiene.