Desde Afganistán hasta Gaza o Sudán, antes Argentina, Liberia o Ruanda, millones de mujeres viven o han vivido en zonas de guerra o conflicto. Víctimas de la violencia y de los desplazamientos, sostienen la vida cotidiana en medio del caos. Mueren en bombardeos, sufren la represión, pero su resiliencia está a prueba de bombas y, tras secarse las lágrimas, miran hacia adelante.
También combaten, lideran protestas, desafiando a los dictadores de todo cuño, y participan en procesos de paz. “Son lideresas, mediadoras y constructoras de paz”, sentencia ONU Mujeres. Sus historias revelan una paradoja profunda: quienes sufren las peores consecuencias de la guerra también se convierten en piezas clave para reconstruir la paz.
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Víctimas resilientes
Las hemos visto en las calles de Kabul con pancartas, reclamando sus derechos, frente al más aborrecible de los regímenes, el de los talibanes. También en Irán, quitándose el velo desafiando a los retrógrados y misóginos ayatolás; en Sudán, organizando redes de ayuda en barrios devastados; en Gaza, desplazándose de un lugar a otro, huyendo de las bombas israelíes. Y en otros muchos lugares, luchando por la justicia y la paz. En conflictos prolongados, como el sirio o el palestino-israelí, desempeñan un papel esencial en la supervivencia de sus comunidades.
Durante siglos, las guerras se han contado como una historia de hombres: generales, soldados, batallas. Pero hay otro relato que atraviesa continentes y fronteras, el de las mujeres, aunque se las intente invisibilizar. Unos 676 millones de mujeres y niñas viven a menos de 50 kilómetros de un conflicto armado, según el Peace Research Institute de Oslo, la cifra más alta desde la década de 1990. Y más de 60 millones, desplazadas por la fuerza, se enfrentan a un riesgo elevado de sufrir violencia de género.
Pero “las mujeres no son solo víctimas de los conflictos”, subraya ONU Mujeres. En el año 2000, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas adoptó la histórica Resolución 1325 y reconoció, por fin, el importante papel de las mujeres en la prevención y resolución de conflictos, en las negociaciones de paz, en la consolidación y mantenimiento de la paz, en la respuesta humanitaria y en la reconstrucción después de los conflictos.
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La guerra en el cuerpo de las mujeres
En los conflictos, el cuerpo de las mujeres se convierte en campo de batalla. La violencia sexual se utiliza como arma de guerra para sembrar terror, destruir comunidades, forzar desplazamientos o humillar al enemigo. Según Naciones Unidas, más del 95% de las víctimas de violencia sexual relacionada con conflictos son mujeres y niñas. “La violencia sexual en los conflictos no es un daño colateral inevitable”, advierte Pramila Patten, representante especial de la ONU sobre violencia sexual en los conflictos. “Es una táctica de guerra utilizada deliberadamente”.
En Bosnia, durante las guerras de los Balcanes, miles de mujeres fueron violadas en centros de detención. En Ruanda, durante el genocidio de 1994, entre 250.000 y 500.000 mujeres fueron víctimas de violencia sexual. En Sudán, organizaciones humanitarias denuncian violaciones sistemáticas, secuestros, matrimonios forzados y esclavitud sexual. Pero también en Ucrania, Myanmar o Siria se ha utilizado la violación como arma de guerra.
En la República Democrática del Congo, hospitales como el de Panzi, del médico Denis Mukwege, han tratado durante años a miles de víctimas. Premio Nobel de la Paz en 2018, Mukwege ha denunciado que la violación se ha convertido en un arma de guerra devastadora. “Todos tenemos el poder de cambiar el curso de la historia cuando las creencias por las que luchamos son justas”, dijo, al recibir el galardón.
A su lado estaba la iraquí Nadia Murad, una de las más de 6.700 mujeres yazidíes tomadas como prisioneras por el autodenominado Estado islámico. Fue torturada y violada y se ha convertido en la voz de las que fueron esclavas sexuales del Daesh. “Quiero ser la última chica con una historia como la mía”, ha dicho en más de una ocasión.
Afganistán, el peor lugar del mundo para nacer mujer
Pocos lugares ilustran mejor las violaciones de los derechos de las mujeres que Afganistán. Tras su regreso al poder en 2021, los talibanes han impuesto un verdadero apartheid de género, sin parangón en ningún lugar del planeta.
Tampoco las afganas han podido escapar a la violencia sexual en las décadas de conflicto y guerras que vive su país. Durante la guerra civil de la década de 1990, los grupos que luchaban entre sí, muyahidines e islamistas, cometieron verdaderas salvajadas, violaciones, secuestros, violencia.
“Recuerdo cómo desnudaron a una mujer delante de su familia y un grupo de hombres la violó. Se produjeron muchos actos como este. También el caso de una mujer de la etnia hazara que iba a dar a luz. Mataron a su marido y la desnudaron para ver cómo nacía un niño. Después, cuatro hombres la violaron ¡y acababa de dar a luz! No se trata de un recuerdo o de diez: son mil, ocurría a cada momento”, me relataba, hace unos años, en Kabul, Suraia Perlika, que fue presidenta de la Unión de Mujeres Afganas.
Los líderes de los grupos que causaron toda esa barbarie volvieron a controlar y repartirse el poder, tras el primer régimen talibán, bajo la intervención y presencia de la comunidad internacional que, en 2021, volvió a dejar abandonadas a las mujeres afganas, que, ahora, desde la clandestinidad o desde el exilio, siguen luchando por sus derechos, porque, parra ellas, el silencio no es una opción, sería una forma de muerte.
El rostro femenino de las protestas
Durante las protestas de 2019 que derrocaron al dictador Omar al Bashir, en Sudán, miles de mujeres participaron en manifestaciones y actos de desobediencia civil. Una imagen se convirtió en símbolo de aquella revolución: la de la activista Alaa Salah, una joven vestida de blanco que se subió a un coche y dirigió consignas a las manifestantes. Fue bautizada como "Mujer de blanco" o "Dama de la libertad".
De color blanco es también el pañuelo de las “Abuelas de Plaza de Mayo” de Argentina. Se convirtieron en símbolo de la resistencia pacífica y referente mundial durante la dictadura en el país latinoamericano, mientras exigían información sobre sus familiares desaparecidos, sus hijos y sus nietos nacidos en cautiverio. Su lucha convirtió el duelo personal en una causa universal por los derechos humanos.
“Mujer, Vida, Libertad” es el grito de las protestas que se desencadenaron, en 2022, en Irán, tras la detención por la Policía de la Moral de la joven kurda de 22 años Mahsa Amini por no llevar bien el velo. Murió estando bajo custodia policial. Las mujeres se han convertido en el país persa en símbolo de la rebelión política. Mahsa Amini es hoy símbolo internacional de los derechos humanos en Irán.
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Cuando ellas cogen las armas
Durante mucho tiempo, se presentó la guerra como un espacio exclusivamente masculino, pero las mujeres también participan en los combates. Las guerrilleras kurdas son un ejemplo de resistencia y de emancipación femenina en medio de la guerra, el caso más emblemático y visible de mujeres combatientes. Las milicias kurdas femeninas de Siria se hicieron famosas durante la guerra contra el Estado Islámico.
Para los terroristas yihadistas morir a manos de una mujer era su peor pesadilla. Ellas estuvieron en los frentes más duros. Defendían su territorio y la igualdad de género. “Estar en esta unidad es por la igualdad y los derechos de las mujeres. La sociedad pensaba que éramos débiles e indefensas”, decía con orgullo, a Documentos TV, Shilan Sidar, una de ellas.
En Colombia, miles de mujeres formaron parte de grupos armados durante las décadas de conflicto. En las FARC, se calcula que hasta el 40% de los combatientes eran mujeres. Tras el acuerdo de paz de 2016, muchas iniciaron procesos de reintegración a la vida civil, enfrentándose a estigmas sociales y dificultades económicas.
En los ejércitos convencionales, incluso los occidentales, las militares, no pocas veces, se enfrentan a dos enemigos, el del campo de batalla, y el de los estereotipos y el estigma. Pero, como dice la abogada ucraniana Oleksandra Matviichuk, premio Nobel 2022, el papel de las mujeres en la guerra es esencial: “En la guerra de Ucrania, muchas mujeres se han alistado en las fuerzas armadas. Documentan crímenes de guerra y toman decisiones políticas importantes. Las mujeres están al frente de esta batalla por la libertad y la democracia porque la valentía no tiene género”.
Arquitectas de la paz
En la paz, las mujeres han desempeñado siempre un papel fundamental, aunque no hayan tenido la presencia y visibilidad merecidas. “Cuando las mujeres participan en procesos de paz, los acuerdos tienen más probabilidades de durar”, asegura Phumzile Mlambo‑Ngcuka, exdirectora ejecutiva de ONU Mujeres.
En Liberia, a comienzos de siglo, miles de mujeres organizaron protestas para exigir el fin de la guerra civil. Dijeron basta ya a los señores de la guerra. La activista y premio Nobel de la Paz, Leymah Gbowee, fue su líder.
“La paz no es posible, si las mujeres no están en la mesa donde se toman las decisiones”, me ha comentado en varias ocasiones. Vestidas de blanco, presionaron a los líderes políticos e incluso convocaron una huelga de sexo. Y pararon la brutal guerra civil que devastó el país entre 1989 y 2003. “Después de ser asesinadas, violadas y deshumanizadas, la guerra nos enseñó que el futuro está en decir no a la violencia y sí a la paz”, sentencia Leymah.
Ruanda, tras el genocidio de 1994, tuvo que reconstruir gran parte de sus instituciones. Con la población masculina diezmada, muchas mujeres asumieron responsabilidades económicas y políticas. El país africano tiene uno de los parlamentos con mayor representación femenina del mundo. Las asociaciones de mujeres también participaron en los tribunales comunitarios que juzgaron a miles de responsables del genocidio.
En Siria, organizaciones de mujeres están en iniciativas de mediación para evitar enfrentamientos entre milicias. En Colombia, lideresas comunitarias han facilitado diálogos entre comunidades rurales, guerrillas y fuerzas de seguridad durante años de conflicto armado.
Las mujeres, siempre en lucha por sus derechos y por la paz
La inclusión de las mujeres en la construcción de la paz no es solo una cuestión de igualdad sino también de estabilidad. Sin ellas, la paz es mucho más difícil. Probablemente, el desastre en algunos conflictos e intervenciones internacionales no hubiese sido tan grande, si las mujeres hubieran tenido un mayor protagonismo, también las de los organismos internacionales, los ejércitos o de las ONGs, sobre todo en países como Afganistán, en los que rige la segregación por sexo en muchos lugares.
Cuando las mujeres participan en las negociaciones, los acuerdos tienen más probabilidades de ser duraderos, en parte porque suelen incluir temas como educación, salud, justicia o reparación para las víctimas, cuestiones que a menudo quedan fuera si las negociaciones se centran solo en aspectos militares. Sin embargo, su presencia en las mesas de negociación sigue siendo limitada.
Reconocer el papel de las mujeres en los conflictos armados implica algo más que visibilizar su sufrimiento, es reconocerlas como agentes de cambio, mediadoras y líderes comunitarias. En medio de la devastación, ellas continúan sosteniendo la vida, defendiendo la dignidad y sembrando las semillas de la paz. Tawakkol Karman, de Yemen, Nadia Murad, de Irak, Leymah Gbowee, de Liberia, Oleksandra Matviichuk, de Ucrania, Narges Mohammadi, de Irán, o Malala Yousafzai, de Pakistán. Son algunas de esas constructoras de la paz. Todas, además, Premios Nobel de la Paz.
Por cierto, uno de los símbolos feministas, Rosie la Remachadora, que muestra músculo y un cartel que dice “We can do it!, ¡Podemos hacerlo!”, nació durante una guerra, la II Guerra Mundial. Representaba a las trabajadoras de las fábricas en la retaguardia para mantener la maquinaria de la guerra contra el nazismo. Ellas pudieron y las de hoy y las de mañana también podrán.