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En primera persona

Volver a empezar en España por la guerra: "Gaza está en mi mente y en mi corazón. No puedo olvidarla"

SARA MOSLEH/ DAVID SIEIRA (VÍDEO DIGITAL)
9 min.

Salah El Sousi es un hombre con mucha vitalidad. Incluso en los días de Ramadán parece que su energía es inagotable. Solo cuando sube las escaleras, las huellas de 74 años de vida se notan en sus rodillas.

De padres expulsados de Beersheva, tras la creación de Israel, Salah creció en Gaza. Al contrario que muchos refugiados, su infancia fue privilegiada. Su padre tenía la farmacia más importante de la Franja y hacía negocios con laboratorios de todo el mundo. Sin embargo, como cualquier palestino, su destino siempre estuvo marcado por el conflicto.

En 1967, cuando disfrutaba de unas vacaciones en Egipto, estalló la Guerra de los Seis Días. Gaza pasó a estar bajo control israelí y Salah perdió su ciudadanía palestina. “Me quedé atrapado en El Cairo y no tuve más remedio que quedarme allí a estudiar el bachillerato”, cuenta. “Este es el único documento que llevaba cuando salí de Gaza con 17 años”, dice, mientras señala un carné de identidad palestino con una fotografía suya en blanco y negro. “Es un recuerdo que siempre llevo encima”, añade con una sonrisa.

“España me lo dio todo”

Salah quería estudiar en el extranjero, pero con un documento de viaje para refugiados que hacía las veces de pasaporte, salir de Egipto era complicado. Solo España le concedió un visado. “El 19 de octubre de 1969 llegué a Madrid con 156 dólares en el bolsillo y sin saber nada de español”, rememora. “Vine aquí siendo un crío. España me lo dio todo”, reconoce agradecido.

Salah El Sousi, hispano-palestino, de 74 años y evacuado de Gaza RTVE/David Sieira

Instalado en el madrileño barrio de El Pilar, Salah consiguió la nacionalidad y se doctoró en Farmacia. Vivió en España con su mujer, Omaya, y cuatro de sus cinco hijos hasta 1993, cuando una oportunidad le devolvió a Gaza.

“Me invitaron a participar en la creación de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Al-Azhar. El desafío de emprender un nuevo proyecto, la esperanza que traían los Acuerdos de Oslo y el reencuentro con mi familia y ciudad me hicieron tomar la decisión”, explica.

Regreso a casa

De vuelta en Gaza, Salah pudo reconstruir su vida. El sueldo de catedrático le permitía tener una vida acomodada en Rimal, uno de los barrios más prósperos de la capital. Además, ejercía como representante de facto de la colonia española en Gaza y recibía a menudo a cooperantes y autoridades.

“Mira, esta era mi terraza. Tenía 100 metros”, indica señalando la pantalla de su móvil. “Aquí planté un naranjo, la higuera estaba aquí y allí el limonero. Por aquí subes las escaleras y entras en el salón, aunque la mitad de mi vida la paso en esa terraza. Me hubiera gustado archivar toda mi vida en el teléfono, mis 74 años en él para ir viéndolo”, añade con nostalgia.

Billete de ida

En apenas un mes la vida que este jubilado había tardado 30 años en construir estalló en pedazos. El 7 de octubre, Salah se levantó de madrugada para ir al gimnasio. “A mitad del camino escuché unos cohetes”, cuenta. No se asustó. Ya estaba acostumbrado a los choques entre el Ejército israelí y los grupos armados palestinos. Continuó andando hasta que la policía le ordenó volver a casa. “Encontré a mi mujer y mi hija asustadas y cuando vi las imágenes me acordé de las guerras anteriores, cuando fuimos evacuados por el gobierno español en 2008 y 2014”, relata con emoción.

Sin embargo, esta vez su preocupación era mayor. “Supe que lo íbamos pagar muy caro. Así que lo primero que hice fue llamar al consulado y pedir que organizaran una evacuación”, dice remarcando cada palabra.

La tercera noche de bombardeos israelíes, la casa de su hijo Hamdi, de 31 años, fue derribada. Por suerte, él y su esposa Mayson estaban durmiendo en la casa de Salah. A los pocos días, la familia entera decidió partir hacia el sur, cumpliendo con la orden de Israel y a la espera de una repatriación. “Salimos con lo puesto. Solo nos llevamos esto”, dice abriendo un maletín negro y esparciendo varios folios en la cama. “Aquí está toda la documentación personal, los títulos originales y las escrituras de mis viviendas. Cuando hay peligro siempre llevo esta maleta encima”, asegura.

Salah El Sousi en su habitación con la documentación que pudo salvar de Gaza RTVE/David Sieira

Días después, recibió el golpe definitivo: su casa había sido destruida. “Empecé a mentalizar a mi mujer y a mis hijos de que esto era una salida sin retorno y de que no íbamos a volver”.

Una llegada agridulce

Entre el 13 y el 15 de noviembre del pasado año, 139 hispano-palestinos y sus familiares directos salieron de Gaza. Entre ellos, la familia Sousi: Salah y su mujer Omaya, su hija Rania, de 21 años; sus hijos Osama y Hamdi; las esposas de estos, Asma y Mayson; y tres nietos de entre seis y 12 años. “Cuando cruzamos al lado egipcio tomamos un largo respiro. Ya está. Estamos a salvo”, recuerda, soltando el aire como si reviviera el momento.

La casa de Salah El Sousi en Ciudad de Gaza tras un bombardeo israelí RTVE/Salah El Sousi

Pero tras la alegría inicial llegó la desilusión. “Aterrizamos en Torrejón con un recibimiento espectacular. El ministro de Asuntos Exteriores, la ministra de Defensa, las cámaras de televisión…Pero solo era la portada. Después de los abrazos y saludos, nos separaron en tres grupos y nos metieron casi a la fuerza en autobuses, en plena noche”, asegura.

Los Sousi y unas 50 personas más fueron enviadas a Badajoz; el resto al País Vasco y Asturias. “No sabíamos por qué. No contaron con nosotros”, se queja Salah. Tras 72 días en un albergue de Badajoz gestionado por la Cruz Roja, la familia fue trasladada a su destino final: Pilas, un pueblo a 40 minutos de Sevilla.

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Aunque reconoce que está muy agradecido con el trato “ejemplar” que les están dando desde Accem, la organización que gestiona el programa de integración y acogida de los gazatíes en España, al mismo tiempo está decepcionado por no haber acabado en Madrid. “He vivido 25 años en Madrid. Lo lógico es que hubiera ido allí, porque conozco prácticamente todos los barrios, conozco empresas, amigos y es más fácil para nosotros buscar vivienda y trabajo”, aclara.

El Ministerio de Inclusión asegura a RTVE Noticias que el reparto de los destinos finales se consensuó con los evacuados, teniendo en cuenta sus preferencias, los periodos de residencia previos en España, el apoyo que tienen estas familias y los recursos con los que cuenta Accem en cada región.

Empezar de cero otra vez

Una puerta con rejas da acceso al edificio del complejo turístico en el que se alojan Salah y su familia provisionalmente. Antes era un seminario y todavía se respira en él ese aire eclesiástico y de paz. Su habitación está en el tercer piso, al final de un largo pasillo. Está limpia y recogida y da a un patio con árboles.

“Una cama, una silla, y un cuarto de baño. No hay frigorífico, pero hay aire acondicionado y agua caliente central, está bien…”, dice y enseña un Corán, algunas medicinas y varias cucharillas, los pocos objetos que tiene en este cobijo del Aljarafe sevillano. “Nosotros no somos refugiados. Somos españoles y estamos de vuelta, pero no voluntariamente”, insiste en todo momento.

Además de cubrir necesidades básicas, Accem les ampara en el proceso de empadronarse, alquilar una vivienda y conseguir un contrato de trabajo estable. También en la homologación de los títulos universitarios que han traído con ellos o en aprender español. “Queremos normalizar nuestra situación en España y tener un futuro que nos permita seguir como españoles normales, dependiendo de nosotros mismos”, subraya Salah.

Sentimientos encontrados

El camino a su nueva vida en España no es fácil y más aún cuando toda la familia tiene la mente en Gaza. Allí han dejado a padres, hermanos, sobrinos y amigos.

La familia El Sousi en Pilas, Sevilla RTVE/David Sieira

Omaya, la mujer de Salah, vive pendiente de las noticias que llegan del otro lado del Mediterráneo. Cada día, a primera hora, marca el número de varios familiares con la esperanza de que cojan el teléfono. Por fin, tras dos intentos, contestan, pero las noticias que le dan no son buenas. Cuelga, se lleva la mano a la boca y se limpia las lágrimas de los ojos.

“Ya estoy acostumbrada”, admite. Omaya ha perdido a varios seres queridos en una guerra que ha matado a más de 33.000 palestinos. “Mi familia me pregunta si sabemos cuándo va a acabar y nosotros les decimos que seguro que pronto, aunque no sabemos nada”.

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Rania, la hija pequeña de Omaya y Salah, lleva la tristeza por dentro. Solo la expresa con la escritura y los dibujos que hacen en el taller sobre duelo migratorio que prepara Ana Belén, la psicóloga de Accem. En la última sesión les pidió dibujar lo que significa para ellos Gaza y España.

“Para mí este es uno de los que más me ha impactado”, dice dirigiéndose al grupo y señalando el dibujo de Rania. “Es curioso porque hay una nube de humo, pero también un rayo de luz y de esperanza”, agrega la terapeuta.

“Soy una chica ambiciosa. Tengo muchos sueños, pero después de la guerra es como si todos se hubieran evaporizado”, sostiene Rania con una sonrisa tímida. “Ahora no sé ni cómo mirar hacia adelante. Gaza todavía está dentro de mí, tiene un trozo de mi alma”, sentencia.

Mirar al futuro

Los días transcurren lentamente en Pilas. Los niños siguen el curso escolar a través de sus ordenadores, gracias a un acuerdo con el Ministerio de Educación palestino. Entran y salen de las clases de español y cada día aprenden alguna palabra más. Parecen felices.

“Nos gustaría vernos establecidos, tranquilos…que mis hijos tengan su propio trabajo y que mi mujer y yo nos sintamos libres para viajar por todas partes”, pide Salah. “Y que mi hija Rania pueda terminar su carrera de farmacia y elegir dónde quiere establecerse”, agrega.

Tampoco descarta buscar justicia. “Como ciudadano español pienso demandar a Israel por el derribo y el daño que me ha causado”, dice con los ojos encharcados.

“Gaza está en mi mente, está en mi corazón. No la puedo olvidar. Los recuerdos nunca se borrarán. Es el lugar más maravilloso del mundo. Seguramente si sigo con vida, volveré a ver Gaza. Estoy totalmente convencido de que volverá a ser mucho más bonita que antes. Gaza es como el ave de fénix…Resurge siempre”, zanja convencido.

Y a pesar de lo vivido, Salah es optimista. Mira hacia delante y siempre ve la parte más llena del vaso “porque cuando uno está muriendo de sed, una gota de agua salva la vida”.

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