No se trata de un problema de acceso a un trabajo tradicionalmente masculino, sino de que las mujeres son expulsadas de unas tareas en las que siempre han tenido su espacio. Los argumentos de la fuerza física para manejar la maquinaria no convencen a mujeres que llevan desde los 16 años recogiendo aceituna.
Cada vez son menos los tajos en los que el encargado reconoce que las mujeres son tan útiles como los hombres. La expulsión del mercado de trabajo no solo repercute en la falta de un salario; también en las dificultades para justificar los jornales necesarios para cobrar el desempleo agrario.