Giuseppe Verdi era, ante todo, un músico para el teatro, un músico para la escena. Por este motivo, la Orquesta Nacional y el Coro tenían ese aspecto monumental que daba el propio palacio en la que era primera visita al festival de su director titular. Un Réquiem escrito por un Verdi no creyente para honrar la memoria de su gran amigo Alessandro Manzoni, que sí lo era, y mucho, una obra de dimensiones colosales que exige un gran reparto y un esfuerzo vocal importante dentro de un recinto sorprendente. Tanto la Orquesta Nacional como el Coro y los solistas contribuyeron para que el espectáculo fuera un éxito.