Máximo Alonso labraba la tierra hace 50 años para sembrar unos garbanzos y su yunta se hundió. De esta forma fortuita, emergió para la comunidad científica mundial la cueva de Castañar de Ibor en 1967 y, hoy, los hijos de su malogrado descubridor han recibido una placa homenaje por su tesón para atraer la mirada de la Administración por entonces.
La cueva es uno de los pocos monumentos naturales regionales, entre 2003 y 2008 recibión 10.000 visitas, pero, dado su frágil equilibrio natural, se restringieron al ámbito científico y divulgativo. Desde 2014, se reabrió al público con reducidas visitas guiadas entre mayo y septiembre.